—¡Los doce meses!—exclamó, calculando que al día siguiente sería poderoso, con aquellos atrasos cobrados de un golpe.
—Sí, los doce... ¿Me he engañado? era difícil, porque el erario anda flojo, pero hice valer un supremo argumento.
El maestro enarcó las cejas, poniéndose de pie al lado de su interlocutor que se agachó, murmurándole al oído:
—Le dije que necesitaba plata para el casamiento.
—¿El casamiento? ¿Qué casamiento?
Zavalla lo miró con una benévola sonrisa.
—¿A mí, que soy su padrino, me lo oculta?
—¡No comprendo!—balbuceó don Serafín, echando mano al reloj, como en todas sus sorpresas.
—Pero, don Serafín, si ya hay muchos que lo saben, que Rosarito se casa..