Estaba tendido en la tierra, sobre un apero, y tenía cerrados los ojos. Como obscurecía ya, no conoció en la penumbra a los que llegaban, y Rosarito, hincada a su lado, le dijo su nombre y le vió sonreír, y le habló de su amor y de Dios, para endulzarle aquella hora suprema, y él que en nada creía, sintió su alma iluminada por aquella verdad que bajaba en tal momento sobre él, y lloró con grandes lágrimas cálidas.

—¿La has llamado?—le preguntó Rosarito, y él hizo señas de que no, y la miró con profunda ternura, como diciéndole que ella refundía en sí sola todas las mujeres que podía amar: su madre, su hermana y su novia.

Y ella comprendió, y cuando al siguiente día cerró él los ojos para siempre, tranquilo como si hubiera hallado la verdad y el amor, ella pensó que era su viuda, y lloró sobre su cuerpo frío, sintiendo en el fondo de su dolor, la humilde alegría de saber que por fin él la había comprendido.

Tip. y Enc. NUEVA ÉPOCA
San Martín 850—SANTA FE

HUGO WAST

La Casa de los Cuervos

PRIMER PREMIO
EN EL CONCURSO DE NOVELAS DEL ATENEO NACIONAL

NUEVA EDICIÓN
BUENOS AIRES
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1571—Rivadavia—1573