—A mi padre—alcanzó a decirle don Patricio—lo degolló Rozas; no me maten como a él. Mátenme a balazos.

Pero "Lechuza" le cortó la cabeza, mientras la pequeña tropa de gauchos y de indios se cebaba en su cuerpo cribándolo a lanzazos, lo mismo que al de su compañero López.

La muerte de Cullen produjo un inmenso estupor en la ciudad, donde ni sus adversarios más encarnizados habían creído que pudiera llegarse a ese extremo.

Cuando se recibió la noticia, Rosarito, acompañada de su padre, había salido ya en busca de Insúa, herido la víspera.

La campaña tranquila se bañaba en el sol de la tarde, indiferente a aquellas pasiones que manchaban su suelo.

Don Serafín, acurrucado en un rincón, envuelto en su capa, iba contando historias análogas a aquel episodio, que había visto en su vida. Rosarito llevaba las riendas del tílbury en que viajaban al trote por el solitario camino blanco. Ella no oía a su padre; pensaba en las cosas tristes que rebalsaban en su alma, y tenía en los labios la amargura de una queja. Pensaba que si él había muerto, lo hallaría donde le habían dicho, velado por Gabriela; que si aún vivía, él no volvería a besarla como en la noche de la revolución, porque su rival estaría presente.

Sabía que no había esperanza de salvarle. El que les llevó la noticia, enviado por Insúa mismo, les había explicado cómo era la herida y cómo ni el mismo Insúa pensaba vivir.

Así como mandó avisarles a ellos, pensaba Rosarito que habría mandado avisar a la Casa de los Cuervos, no lejana de allí.

Mas cuando llegaron al paso de "Los Cachos", hallaron al caudillo revolucionario muriendo solo en el ranchito abandonado.