Perseguido de cerca, en los primeros momentos ganó larga distancia, pero pronto conoció que el caballo se le cansaba.
Su asistente, Juan Félix López, sin apartarse de él, le decía:
—Castigue, don Patricio; castigue su caballo.
El jefe de los revolucionarios, comprendiendo que su caballo estaba rendido bajo su peso, respondía:
—A mí me conocen y me quieren. Si caigo en manos de ellos, no tengo que temer. Vos sí; vos debés huir.
Llegaron así al monte, a la isleta de las Estacas, y allí Cullen comprendió que su caballo no daría más y se detuvo.
Una avalancha de gauchos del gobierno dando alaridos, se echó sobre él.
Saltó del caballo uno de ellos; era José Golondrina, y lo tomó de la rienda.
—¡Bájese!—le dijo,—y como no obedeciera al instante, le tiró un lanzazo y lo derribó. En el suelo, uno de los más abyectos secuaces llamado el "Lechuza", lo tomó de la barba.