Veíase claramente que los soldados del gobierno lo habían conocido, no obstante la sombra crepuscular, y que tiraban sobre él, a cuyo alrededor en el agua, picaban las balas salpicándole el rostro.

Se volvió a la orilla y montó de nuevo en su caballo y esperó el resultado de aquella maniobra.

Ya algunos de los suyos,—lanceros que cruzaban a nado, a la par de sus caballos,—empezaban a llegar a la opuesta orilla, y la segunda canoa cargada de rifleros, había pasado de la mitad del río, cuando se vió a los del gobierno aprovechar las sombras de la noche para dejar sus barricadas, abandonando un puesto que no podían sostener.

Cesó el fuego, mas con el último tiro, se vió a Insúa que abría los brazos y caía del caballo, de bruces sobre una mata de chilcas.

Cuando lo alzaron, sobre unas parihuelas, sonreía, como si hubiera visto venir lo que anhelaba.

—Sigan peleando, muchachos—les dijo.

Cruzaron el río, y lo llevaron al rancho de un pescador, cercano a la orilla, y lo dejaron allí, porque tuvieron noticia de que la gente del gobierno acampaba en San Pedro, a cosa de tres leguas, y convenía atacarla antes que recibiera los refuerzos que se esperaban de Santa Rosa.

Pero nada pudo hacerse esa noche, porque el enemigo, al llegar ellos había abandonado también aquel punto, y cuando a la mañana siguiente llegó Cullen con su tropa, se estrelló con las fuerzas del coronel Romero, bien armadas, y no tuvo el apoyo de la caballería con que contaba, ni de Insúa, del cual no halló quien le diera noticias.

Pelearon rudamente, pero sus montoneros se desbandaron y él tuvo que huir, por la orilla izquierda del Saladillo, con rumbo a Helvecia.

Montaba un caballo tordillo, parejero, que no era de su estancia, y cuyas condiciones no conocía.