Los altos pajales podían servirles para acercarse sin ser vistos, hasta el paso que buscaban, donde había dos grandes canoas, en que podían cruzar sin mojar sus ropas ni sus armas.

No todos venían a caballo; algunos, los suizos en su mayor parte marchaban a pie, alegremente con sus rifles al hombro, y sus cartucheras a la cintura.

Insúa triste, buscando la muerte más que la victoria, hacía su jornada en silencio y sin odio.

Cuando llegaron al vado, desde la otra orilla, que estaba a un tiro de carabina, les hicieron una descarga. Era la gente del gobierno, parapetada detrás de unas pilas de leña cortada, que algunos canoeros habían amontonado y que servían de admirable trinchera.

No era fácil saber el número de los enemigos, pero Insúa dió orden de cruzar el río, y unos a caballo y otros en canoa empezaron la maniobra, bajo el fuego de los soldados del "7 de Abril".

Un grupo de suizos, rodilla en tierra desde los pajales, empezó un vivo tiroteo, protegiendo a los suyos que cruzaban el río.

El sol se iba entrando, pero el ojo experto de aquellos excelentes rifleros, descubría detrás de los montones de leña al enemigo apenas visible y empezaba a diezmarlo. De cuando en cuando se oía un grito: un hombre se paraba, abría los brazos y caía y los tiradores reían.

La primera canoa, llena de hombres, armados de rifles, al llegar a la mitad del río se fué a pique acribillada a balazos por los del gobierno que apuntaban a sus tablas.

Y entonces se vió a Insúa, que en la otra orilla permanecía a caballo, mandando la maniobra, con un soberbio desdén de la muerte que zumbaba a sus oídos, echar pie a tierra y meterse en el agua empujando la otra canoa.

La llevó así hasta que el agua le dió al pecho, y de un poderoso envión la arrojó hacia el medio, animando a su gente, con aquel absurdo valor del hombre indiferente a las cosas que puedan ocurrir.