LA CASA DE LOS CUERVOS
I
Don Serafín Aldabas
En los días de sol, durante el húmedo invierno, aquellas casas viejas toman su expresión evocadora y triste.
Detrás de sus tapias roídas por el tiempo y coronadas a veces de enredaderas, asoman las copas redondas de los naranjos, con su espeso follaje y su fruta dorada.
En la parte que el sol no calienta, el musgo extiende su terciopelo verde, como un suave tapiz. Crecen los yuyos en las grietas de los oscuros adobes manchados por la cal del antiguo revoque; se ve en un muro el hueco de una alhacena con estantes de algarrobo, y sobre un tejado, que en las noches de luna ya no se anima con el paseo de los gatos, la ventana de una bohardilla y una chimenea, que ha tiempo no se envuelve en el humo azulado y tibio del hogar.
En los barrios centrales de Santa Fe, ese tipo de casa ha ido desapareciendo, mas quedan vestigios de ellas en los barrios del Sur y hasta hace poco manteníase intacta, en la calle que en los tiempos de este relato llamaban "de la Matriz derecha", la casa en que durante cuarenta años, don Serafín Aldabas enseñó a leer a los niños, que por alguna razón no hallaban sitio en el colegio de los Jesuítas.
Estaba en la acera del Sur, casi en la esquina de la plaza, vecindad que aprovechaba don Serafín para oír la banda, que tocaba, jueves y domingos, en invierno, a la hora precisa en que terminaba su clase.
Cubierto el cráneo puntiagudo, mondo ya, con un casquete negro de lustrina, enfundado en una estrecha levita, enjuto de carnes, los ojos azules, fugitivos, las piernas flojas, las manos largas e inhábiles, cuando no esgrimían el puntero o la palmeta, en la silueta obscura de don Serafín, no había más detalle interesante que la gruesa cadena de plata de su reloj, un hermoso reloj de oro, de una antigua marca inglesa, toda la fortuna que trajo de su patria.
Envolvíase severamente, aun en los días de calor, en una capa con forro de terciopelo carmesí, y como a todo propósito, para salir de una duda, para eludir una respuesta, para resolver un problema consultaba el reloj, un buen tercio de la vida del maestro se pausaba en desabotonar y abotonar su levita.