Era de la Coruña, y sus traviesos discípulos que habían sorprendido la imperceptible dificultad con que pronunciaba la o, llamábanle "Curuña", mote al cual, después de treinta años, se iba acostumbrando.

Llegado al país en los tiempos más sangrientos del gobierno de Rozas, tímido como una polla, conservaba, no obstante, una extraordinaria afición a la política que sólo concebía rodeada de misterios, de tal modo que su imaginación enviciada transformaba las cosas más simples en espeluznantes incidentes.

Y en la Santa Fe del año 77, no necesitaba forzar la fantasía para llenarse de sobresaltos, sin que, en verdad, como en los tiempos de Rozas, corrieran peligro los vecinos madrugadores de tropezar en la acera con el cuerpo de algún unitario degollado a cercén, mientras por otra calle los mazorqueros paseaban un carro cargado de cabezas, pregonando su siniestra mercancía como si fueran zapallos.

Pero, aun sin llegar a esos extremos, la vida era angustiada por las frecuentes revoluciones que se tramaban contra el Gobierno, para derrocar a don Servando Bayo, y destruir la influencia omnipotente del doctor Simón de Iriondo.

En Santa Fe no era posible desinteresarse de la política: o se era opositor, o se era gubernista.

Sólo el mísero don Serafín Aldabas, no tenía derecho a ser ni lo uno ni lo otro. Por su escuela habían pasado casi todos los jóvenes que militaban en el partido liberal, y esto lo vinculaba con hondos afectos a la causa de la revolución.

Mas no le era permitido dejar traslucir sus inclinaciones, sin riesgo para su escuela, que no vivía de las insignificantes cuotas, impagas con frecuencia, de sus alumnos, sino de una subvención de cuarenta pesos mensuales que le otorgaba el gobierno, y que algunas indiscreciones habían puesto ya en peligro.

Hacía un mes que funcionaban las clases, después de las vacaciones, mediaba Abril, y todavía el humilde "Curuña" no había percibido un solo peso del vencido semestre.

Don Pablo Ferrer, el catalán dueño del almacén de la esquina en que don Serafín se surtía, empezaba a torcerle el gesto, cuando concluida la clase el maestro, envuelto en su capa que le prestaba un poco de majestad, cruzaba la calle, hacia la plaza, persiguiendo la ocasión de encontrarse con el gobernador Bayo, que a esa hora abandonaba su despacho del Cabildo.

La plaza era entonces, como hoy, de una manzana entera, pero encuadrábanla construcciones más bajas, y eso parecía agrandarla.