Al naciente tenía el colegio de los Jesuítas ocupando las dos terceras partes de la cuadra, que completaban algunas casas de tejas. Al Sur, alzábase el Cabildo, con su mole blanca y pesada, sus dos pisos con recova de gruesos pilares y arco romano y su azotea resguardada por una sencilla baranda de hierro.
Todavía se ve en la esquina de San Gerónimo, una de las raras casas de alto que había entonces, y que parecían ser indicio de riqueza, no obstante sus paredones lisos, sin adornos ni pilastras, y el pobre hueco de sus ventanales y de sus puertas pequeñas y su baranda de hierro en el tejado.
De las casas que formaban el costado del poniente, quedan muchas, con algunos cambios que las modernizan sin embellecerlas, revoques de portland, balcones y adornos del más abominable Luis XV.
Ha desaparecido el local en que durante años funcionó el café del Plata, lugar de cita de los opositores; pero subsiste al lado de la construcción que hoy se levanta en lugar del célebre café, el vetusto caserón que ocupara el Club del Orden, centro de aristocracia y de conspiraciones.
La Iglesia Matriz en el lado Norte de la plaza permanece tal cual era, con sus dos torrecillas humildes y el enmohecido gallo de su veleta, pero el resto de la cuadra ha sufrido un cambio profundo a excepción de la casa que don Simón de Iriondo inauguró por aquellos años y que era con sus dos pisos de galería a la calle y lo estudiado de sus líneas, la más hermosa de la ciudad.
Invariablemente, al dar las cinco de la tarde don Serafín Aldabas suspendía la clase. Su magnífico reloj "Losada", según podía leerse en la esfera, abierto sobre el pupitre, le señalaba la hora sin discrepar un minuto en un año con el cuadrante solar del colegio de los Jesuítas.
En el preciso momento cortaba la lección, aún cuando fuera en mitad de una frase, poníase de pie, imitado por sus bulliciosos alumnos, que al levantarse tumbaban los escaños y coreaba un "Ave María".
Y después, mientras ellos se desparramaban por la plaza, espantando a las pacíficas gallinas del vecindario, atraídas por el trébol que crecía alrededor de la glorieta, don Serafín seguía el ancho camino enarenado, con la secreta esperanza de encontrar al Gobernador, al doctor Iriondo o a cualquiera de los hombres poderosos, para brindarles un saludo y una sonrisa que prolongara la existencia de la subvención.
Cuando veía acercarse a alguien, don Serafín procuraba imprimir a su persona un andar solemne; mas su casquete de lustrina, sus largas piernas deformadas por las rodilleras de sus pantalones, su capa en lo más recio del verano, y sus pies juanetudos, le quitaban toda solemnidad.
No obstante, la gente le apreciaba, y retribuía su saludo con afecto, aunque no tan ceremoniosamente como él habría querido; y era un triunfo para él, cuando alguno se acercaba a preguntarle la hora.