Su "Losada" era famoso en la ciudad, y aun el Gobernador solía rendirle ese homenaje consultándole.

Don Serafín, con el casquete en la mano, miraba el reloj y respondía:

—Son las cinco y siete minutos y medio, excelentísimo Señor.

Y luego agregaba, con la emoción de un desacato, a la suprema autoridad que a un paso de él, le atendía de igual a igual:

—¿Se podría saber qué hora es en el reloj de V. E.?

El Gobernador, con un leve gesto de impaciencia, sacaba una antigua saboneta de llave, y constataba alguna diferencia, que provocaba el invariable comentario de don Serafín.

—¡Si V. E. tuviera un "Losada"...!

Cuando finalizó el sexto mes impago, como coincidiera con el término de las vacaciones, durante las cuales don Serafín no había percibido un ochavo de sus alumnos, se encontró en apuro tan grave que resolvió confiar su cuita al Gobernador en la primera ocasión que tuviera el honor de ser consultado por la hora.

Pero fuese que el reloj de don Servando Bayo marchase mejor, o que su propietario hubiera perdido su afición a la exactitud, el hecho es que don Serafín irritaba sus juanetes dando vueltas innumerables a la plaza, sin que el Gobernador se dignara hacer más que contestar sus saludos.