Y aun esos encuentros se hicieron raros. El Gobernador salía tarde de su despacho, acompañado siempre por alguien, y sin detenerse llegaba hasta su casa, a la vuelta del Cabildo, y se encerraba como si tuviera un cúmulo de trabajo o la estadía en la calle se hubiera hecho peligrosa.
Solamente una vez, en aquellos primeros días de Abril se detuvo en la plaza, y fué porque se encontró con don Simón de Iriondo, que lo tomó del brazo y lo llevó por las callejas enarenadas del centro.
Era jueves y la banda de policía tocaba un trozo del "Barbero de Sevilla", música que en la vida sin pasiones de don Serafín, había llegado a ser una pasión.
Por eso, en cuanto sonaron los primeros compases de la sinfonía, se acercó hasta el kiosco del centro, rodeado de acacias, sentóse en un banco resecado por el sol, y se puso a escuchar, sin acordarse del mundo.
Las retretas en verano se hacían a la noche; pero ya en Abril, con el tiempo fresco, se adoptaba el horario de la tarde. La gente desacostumbrada, en los primeros días apenas concurría, por lo que en esa ocasión, aparte de don Serafín y de algunos niños que jugaban en el trebolar del centro, sólo se veía la pareja de personajes oficiales, el Gobernador y el doctor de Iriondo, conversando frente a la casa de éste.
La alta y elegante figura de Iriondo, contrastaba con la de Bayo, hombre grueso y bajo.
Don Simón vestía de levita, y en ese momento llevaba en la mano el sombrero de copa gris, lo que permitía apreciar la extraordinaria hermosura de aquella cabeza inteligente de caudillo, que tenía con el cabello profuso, peinado hacia atrás, la elegancia violenta y a la vez fácil de los gestos del león.
Los dos, solos, estaban de pie bajo una acacia. Iriondo hablaba con vehemencia pero en voz baja, y el Gobernador le escuchaba, rayando con la contera del bastón la arena del suelo.
En el aire tibio y como dorado de aquella tarde otoñal, se desparramaban las notas animadas y profundas de "Una voce poco fa".
Don Serafín bebía con fruición la música admirable, alejado mil leguas de su escuela arruinada, de su semestre impago, de sus botines que reclamaban la media suela, de sus pobres pantalones, cuyo decoro se salvaba aún, gracias a la amplitud de la capa.