Distraído así, no vió llegar hasta él a Bayo y a Iriondo, y sólo cuando éste apoyó su mano firme sobre su hombro, advirtió su presencia.

—¡Doctor Iriondo! ¡Excelentísimo señor Gobernador!—exclamó don Serafín, alzándose del banco, con una profunda reverencia y echando mano al reloj.

—¿Qué hora es, don Serafín?—le interrogó Iriondo, complaciente con la inofensiva manía del maestro.

—Las cinco y cincuenta y siete minutos y algunos...

—¡Don Serafín!—le interrumpió el Gobernador,—¿percibe siempre la subvención de la escuela?

—¡Ah, señor don Servando!—exclamó el mísero guardando su reloj con mano trémula—mi escuela se muere de hambre...

—¿Con maestro y todo?—insinuó risueñamente don Simón.

—Hace seis meses, Excelentísimo Señor...

Don Serafín vacilaba, porque era un cargo que iba a arrojar sobre el gobierno. Mas Iriondo, que conocía el estado precario de las finanzas no tuvo reparo en concluir la frase.