—¿Seis meses que no le pagan?

—Así es, doctor Iriondo; y cómo...

—Mañana cobrará—dijo el Gobernador—Vaya a verme al despacho a las ocho en punto.

—Ah, Señor...

Iba a explicar que a esa hora empezaba su clase, pero se calló. Daría vacación, inventando algún pretexto; los alumnos le agradecerían y él iría a cobrar.

Mientras hablaban desarrollábanse los últimos compases de la música de Rossini. Calló luego la banda y los músicos empezaron a enfundar sus instrumentos para marcharse.

Don Serafín reventaba de vanidad, viendo que todos miraban su compañía con los dos hombres poderosos de la provincia.

Iriondo saludaba a cada uno de los que pasaban frente a él, con un gesto amable. El Gobernador golpeaba el suelo con el bastón. Aquella nerviosidad, en él, hombre flemático, era señal de graves preocupaciones.

El director de la banda se acercó a saludarlos, pero Bayo no le dispensó una acogida muy afectuosa y el pobre músico se fué, consolado con el cordial apretón de manos de Iriondo. Don Serafín comenzaba a sentirse intranquilo, ignorando si debía irse o quedarse.

Anochecía rápidamente. Los niños que jugaban, habían desaparecido, con lo que la plaza quedó silenciosa y desierta.