Nos acercamos al más grande de estos corros, y a la luz de la hoguera pude ver rostros y personajes verdaderamente dignos de Belén, y que me recordaron el hermoso cuadro del Nacimiento de Jesús, de nuestro Cabrera[3], que decora la sacristía de Tasco[4]. En efecto, esas cabezas rudas, morenas y enérgicamente acentuadas, con sus flotantes cabelleras grises y sus largas barbas; esas sonrisas bonachonas y esos brazos nervudos apoyándose en el cayado, parecen ser el modelo que sirvió a nuestro famoso pintor para su Adoración de los Pastores. Y junto a ellos, y haciendo contraste, las muchachas del pueblo con su fisonomía dulce, sus mejillas sonrosadas y su traje pintoresco; y los niños con su semblante alegre, sus carrillos hinchados para tocar los pitos, o sus bracitos agitados tocando los panderos; todo aquello me pareció un sueño de Navidad.
El cura notó mi curiosidad y me dijo:
—Esos hombres son en efecto pastores de las cercanías, y pastores verdaderos, como los que aparecen en los idilios de Teócrito[5] y en las Églogas de Virgilio[6] y de Garcilaso[7]. Hacen una vida enteramente bucólica, y no vienen a poblado sino en las grandes fiestas, como la presente. A pocas leguas de aquí están apacentándose hoy sus numerosos rebaños, en los terrenos que les arriendan los pueblos cercanos. Estos rebaños se llaman haciendas flotantes; pertenecen a ricos propietarios de las ciudades, y muchas veces a un rico pastor que en persona viene a cuidar su ganado. Estos hombres son dependientes de esas haciendas y viven comúnmente en las majadas que establecen en las gargantas de la sierra. Hoy han venido en mayor número, porque, como Vd. supondrá, la Nochebuena es su fiesta de familia. Ellos traen también sus arpas de una cuerda, sus zampoñas y sus tamboriles, y cantan con buena y robusta voz sus villancicos en la iglesia, aquí en la plaza y en la cena que es costumbre que dé el alcalde en su casa esta noche: justamente van a cantar; óigalos Vd.
En efecto, los pastores se ponían de acuerdo con los muchachos para cantar sus villancicos, y preludiaban en sus instrumentos. Uno de los chicuelos cantaba un verso, y después los pastores y los demás muchachos lo repetían acompañados de la zampoña, de la guitarra montañesa y de los panderos.
He aquí los que recuerdo, y que son conocidísimos y se han transmitido de padres a hijos durante cien generaciones:
Pastores, venid, venid,
Veréis lo que no habéis visto,
En el portal de Belén,
El nacimiento de Cristo.
Los pastores daban saltos
Y bailaban de contento,
Al par que los angelitos
Tocaban los instrumentos.
Los pastores y zagalas
Caminan hacia el portal,
Llevando llenos de frutas
El cesto y el delantal.
Los pastores de Belén
Todos juntos van por leña
Para calentar al Niño
Que nació la Nochebuena.
La Virgen iba a Belén;
Le dió el parto en el camino,
Y entre la mula y el buey
Nació el Cordero divino.