Los pastores de los numerosos rebaños que pastan en estas cercanías, como he dicho a Vd., lo adoran, porque apenas se ha sentido la presencia de una fiera en tal o cual lugar, por los daños que hace, cuando Pablo se pone voluntariamente en su persecución y no descansa hasta no traerla muerta a la majada misma que sirve de centro al rebaño perjudicado. Y Pablo no acepta jamás la gratificación que es costumbre dar a los otros cazadores de fieras dañinas, sino que después de haber traído muertos al tigre, al lobo o al leopardo, o de haber avisado a los pastores en qué lugar queda tendido, se retira sin hablar más. Esta singularidad de carácter, junta a su rara generosidad y a su valor temerario, han acabado por granjearle el cariño de todo el mundo; sólo que nadie puede expresárselo como quisiera, porque Pablo huye de las gentes, pasa los días en una taciturnidad sombría; y a pesar de que padece mucho todavía a causa de sus heridas, a nadie acude para curarse limitándose a pedir a los labradores montañeses o a los aldeanos que pasan, algunas provisiones a cambio del producto de su plantación. Cerca de ésta tiene su pequeña cabaña, rodeada de rocas que él ha cubierto con musgo y flores: allí vive como un ermita o como un salvaje, trabajando durante el día, leyendo algunos libros en algunos ratos, de noche, y siempre combatido por una tristeza tenaz.

Conmovido yo por semejante situación, he ido a verlo algunas veces. Él me espera, me obsequia, me escucha, pero se resiste siempre a venir al pueblo. Un día, en que supe que estaba postrado y sufriendo a consecuencia de sus heridas y de la entrada del invierno, quise llevar conmigo a la señora madre de Carmen para que esto le sirviese de consuelo; pero él apenas nos divisó a lo lejos, huyó a lo más escabroso y escondido de la sierra, y no pudimos hacer otra cosa que dejarle algunas medicinas y provisiones, retirándonos llenos de sentimiento por no haberle visto.

—Pero ese muchacho,—interrumpí,—va a acabar por volverse loco, llevando semejante vida, parecida a la que hacía Amadís;[5] es preciso sacarlo de ella.

—Indudablemente,—contestó el cura,—eso mismo he pensado yo y he puesto los medios para que termine. Vd. habrá comprendido cuál debía ser el único eficaz, porque a mí no se me oculta que Pablo ha seguido amando a esta muchacha, con más fuerza cada día; sólo que, altivo por carácter, y resentido en lo profundo de su alma por lo que había pasado, no puede ya pensar en el objeto de su cariño sin que la sombra de sus recuerdos venga luego a renovar la herida y a engendrarle esa desesperación que se ha convertido en una peligrosa melancolía.

—Pero en fin … esta niña …—pregunté yo con una rudeza en que había mucho de curiosidad. Carmen no respondió; se cubría el rostro con las manos y sollozaba.

—¡Ah! entiendo, señor cura,—continué;—entiendo: y ya era tiempo, porque la suerte de ese infeliz amante me iba afligiendo de una manera…

—Como Vd. me concederá también,—repuso el cura,—yo no podía hacer otra cosa, aun conociendo la verdadera pena de Pablo, que aguardar a mi vez, porque por nada de este mundo hubiera querido hablar a Carmen de los sufrimientos del joven; temía ser la causa de que esta sensible y buena muchacha se resolviera a hacer un sacrificio por compasión hacia Pablo, o bien que llegase a tenerle un poco de cariño originado por la misma compasión. Vd., capitán, en su calidad de hombre de mundo, estimará desde luego el valor que podría tener un amor de compasión. Nada hay mas frágil que esto, y nada que acarrée más desgracias a los corazones que aman.

Yo deseaba saber si Carmen había amado a Pablo antes, y a pesar de sus defectos, aunque lo hubiera ocultado aun a sí misma por recato y por respeto a la opinión de sus parientes. Si no hubiera sido así, yo deseaba al menos que hoy lo amara, convencida de sus virtudes y estimando en lo que vale su noble carácter un poco fiero, es verdad, pero digno y apasionado siempre.

Mientras yo no supiera esto, me parecía peligrosa toda gestión que hiciera para favorecer a mi protegido; y ni a éste dije jamás una sola palabra de ello, como él tampoco me dejó conocer nunca, ni en la menor expresión, el verdadero motivo de sus padecimientos y de su soledad.

Hice bien en esperar: el amor, el verdadero amor, el que por más obstáculos que encuentre llega por fin a estallar, vino pronto en mi auxilio.