Un día, hace apenas tres, el señor alcalde vino a verme a mi casa, me llamó aparte y me dijo:

—Hermano cura, necesitamos mi familia y yo de la bondad de Vd., porque tenemos un asunto grave, y en el que se juega tal vez la vida de una persona que queremos muchísimo.

—¿Pues qué hay, señor alcalde?—le pregunté asustado.

—Hay, hermano cura, que la pobre Carmen, mi sobrina, está enamorada, muy enamorada, y ya no puede disimularlo ni tener tranquilidad: está enferma, no tiene apetito, no duerme, no quiere ni hablar.

—¿Es posible?—pregunté yo alarmadísimo, porque temí una revelación enteramente contraria a mis esperanzas.—¿Y de quién está enamorada Carmen, puede decirse?

—Sí, señor, puede decirse, y a eso vengo precisamente. Ha de saber Vd., que cuando Pablo, ya sabe Vd., Pablo, el soldado, la pretendía hace algunos años, mi hermana y yo, que no queríamos al muchacho por desordenado y ocioso, procuramos sin embargo averiguar si ella le tenía algún cariño, y nos convencimos de que no le tenía ninguno, y de que le repugnaba lo mismo que a nosotros. Por eso yo me resolví a entregarlo a la tropa, pues de ese modo quitábamos del pueblo a un sujeto nocivo y libraba yo a mi sobrina de un impertinente. Pero Vd. se acordará de aquella misma Nochebuena en que, al hablar de Pablo en mi casa, cuando estábamos cenando, Carmen se echó a llorar. Pues bien: desde entonces su madre se puso a observarla día a día; y aunque de pronto no le siguió conociendo nada[6] extraordinario, después se persuadió de que su hija quería al mancebo. Y se persuadió, porque Carmen no quiso nunca oir hablar de casamiento, ni dió oídos a las propuestas que le hacían varios muchachos honrados y acomodados del pueblo. Cuando se hablaba de Pablo, Carmen se ponía descolorida, triste, y se retiraba a su cuarto; y en fin, no hablaba de él jamás, pero parece que no lo olvidó nunca.

Así ha pasado todo este tiempo; pero desde que volvió Pablo, mi sobrina ha perdido enteramente la tranquilidad: el día en que supo que estaba aquí, todos advertimos su turbación aunque no sabíamos bien si era la alegría, o el susto, o la sorpresa lo que la había puesto así. Después, cuando ha sabido la clase de vida que hace Pablo en la montaña, suspiraba, y a veces lloraba, hasta que por fin mi hermana se ha resuelto ahora a preguntarle con franqueza lo que tiene y si quiere a ese mancebo. Carmen le ha respondido que sí lo quiere; que lo ha querido siempre, y que por eso se halla triste; pero que cree que Pablo la ha de aborrecer ya, porque la ha de considerar como la causa de todos sus padecimientos, y eso lo indica el no querer venir al pueblo, ni verla para nada. Que ella desearía hablarle, sólo para pedirle perdón, si lo ha ofendido, y para quitarle del corazón esa espina, pues no estará contenta mientras él tenga rencor. Esto es lo que pasa, hermano; y ahora vengo a rogar a Vd. que vaya a ver a Pablo y lo obligue a venir, con el pretexto de la cena de pasado mañana, para que Carmen le hable, y se arregle alguna otra cosa, si es posible, y si el muchacho todavía la quiere; porque yo tengo miedo de que mi sobrina pierda la salud si no es así.

—Ya Vd. comprenderá, capitán, mi alegría: ni preparado por mí hubiera salido mejor esto. Aproveché una salida del pueblo para una confesión; corrí a la montaña; ví a Pablo; le insté por que viniera, y me lo ofreció … extraño mucho que no haya cumplido.

Al decir esto el cura, un pastor atravesó el patio y vino a decir al cura y al alcalde que Pablo estaba descansando en la puerta del patio, porque habiendo estado muy enfermo y habiendo hecho el camino muy poco a poco, se había cansado mucho.

Un grito de alegría resonó por todas partes: el alcalde y el cura se levantaron para ir al encuentro del joven; la madre de Carmen se mostró muy inquieta, y ésta se puso a temblar, cubriéndose su rostro de una palidez mortal….