—Vamos, niña,—le dije,—tranquilícese Vd.; debe tener el corazón como una roca ese muchacho si no se muere de amor delante de Vd.
Carmen movió la cabeza con desconfianza, y en este instante el alcalde y el cura entraron trayendo del brazo—a un joven alto, moreno, de barba y cabellos negros que realzaba entonces una gran palidez, y en cuya mirada, llena de tristeza, podía adivinarse la firmeza de un carácter altivo.
Era Pablo.
Venía vestido como los montañeses, y se apoyaba en un bastón largo y nudoso.
—¡Viva Pablo!—gritaron los muchachos arrojando al aire sus sombreros; las mujeres lloraban, los hombres vinieron a saludarlo. El alcalde lo condujo a donde se hallaban su hermana y sobrina, diciéndole:
—Ven por acá, picaruelo, aquí te necesitan: si tienes buen corazón, nos has de perdonar a todos.
Pablo, al ver a Carmen, pareció vacilar de emoción, y se aumentó su palidez; pero reponiéndose, dijo todo turbado:
—¡Perdonar, señor! ¿y de qué he de perdonar? ¡Al contrario, yo soy quien tiene que pedir perdón de tanto como he ofendido al pueblo…!
Entonces se levantó Carmen, y trémula y sonrojada, se adelantó hacia el joven, e inclinando los ojos, le dijo:
—Sí, Pablo, te pedimos perdón; yo te pido perdón por lo de hace tres años … yo soy la causa de tus padecimientos … y por eso, bien sabe Dios lo que he llorado. Te ruego que no me guardes rencor.