Por dicho de las gentes, sol que non sea mal,

Al pro tenet las mientes, et non fagades al[8].

[8] De los muchos textos que Knust cita por sus relaciones con este apólogo, basta la mención del VI capítulo del libro de Gobin Les coupes ravissantes: procede de una fábula esópica. La Fontaine tiene una con el mismo asunto. En España recuerdo el bello apólogo As Opiniós del poeta gallego J. Pérez Ballesteros, publicado en su libro Foguetes. Coruña, 1888, p. 151.

EJEMPLO III

Del salto que fizo el rey Richalte de Inglaterra en la mar contra los moros.

Un día se apartó el Conde Lucanor con Patronio, su consejero, et dijol así:

—Patronio, yo fío mucho en el vuestro entendimiento, et sé que lo que vos non entendiéredes o a lo que vos non pudiéredes dar consejo, que non ha ningún otro homne que lo pudiese acertar; e por ende, vos ruego que me consejedes lo mejor que vos entendierdes en lo que agora vos diré: Vos sabedes muy bien, que yo non so ya muy mancebo, et acaesciome así, que desde que fuy nascido fasta agora, que siempre me crié et visque en muy grandes guerras, a veces con cristianos et a veces con moros, et lo demás siempre lo hobe con reys, mis señores et mis vecinos. Et cuando lo hobe con cristianos, siempre me guardé que non se levantase ninguna guerra a mi culpa, pero non se podía escusar de tomar grant daño muchos que lo non merescieron. Et lo uno por esto, et por otros yerros que yo fiz contra nuestro Señor Dios, et otrosí, porque veo que por homne del mundo, nin por ninguna manera, non puedo un día solo ser seguro de la muerte, et so cierto que naturalmente segund la mi edat non puedo vevir muy luengamente, et sé que he de ir ante Dios que es tal juez de que non me puedo escusar por palabras, nin por otra manera, nin puedo ser juzgado sinón por las buenas obras o malas que hobiere fecho; et sé, que si por mi desaventura fuere fallado en cosa por que Dios con derecho haya de ser contra mí, so cierto, que en ninguna manera non pudíe escusar de ir a las penas del infierno en que sin fin habré a fincar, et cosa del mundo non me podría tener pro; et si Dios me ficiere tanta merced por que él falle en mi tal merescimiento, por que me deba escoger para ser compañero de los sus siervos et ganar el paraíso; sé cierto, que a este bien, et a este placer, et a esta gloria, non se puede comparar ningún otro placer del mundo. Et pues este bien et este mal tan grande non se cobra sinón por las obras, ruégovos que segund el estado que yo tengo, que cuidedes et me consejedes la manera mejor que entendiéredes que pueda facer enmienda a Dios de los yerros que contra El fiz, et pueda haber la su gracia.

—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—mucho me place de todas estas razones que habedes dicho, et señaladamente, porque me dijiestes que en todo esto vos consejase segund el estado que vos tenedes, ca si de otra guisa me lo dijiéredes por me probar segund la prueba que el rey fizo a su priuado, que vos conté el otro día en el ejemplo que vos dije; mas pláceme mucho porque decides que queredes facer emienda a Dios de los yerros que ficiestes, guardando vuestro estado et vuestra honra; ca ciertamente, señor conde Lucanor, si vos quisiéredes dejar vuestro estado et tomar vida de orden o de otro apartamiento, non podríades escusar que vos non acaesciesen dos cosas: la primera, que seríades muy mal judgado de todas las gentes, ca todos dirían que lo facíades con mengua de corazón et vos despagábades de vevir entre los buenos; et la otra es, que sería muy grant maravilla, si pudiésedes sofrir las asperezas de la orden, et si después la hobiésedes a dejar o vevir en ella non la guardando como debíades, seervos hía muy grant daño paral alma et grant vergüenza et grant denuesto paral cuerpo et para la fama. Mas pues esto, bien queredes facer, placerme hía que sopiésedes lo que mostró Dios a un ermitaño muy sancto de lo que había de contecer a él et al rey Richalte de Englaterra.

E el conde Lucanor le rogó quel dijiese que como fuera aquello.

—Señor conde Lucanor—dijo Patronio—un ermitaño era homne de muy buena vida, et facía mucho bien, et sufría grandes trabajos por ganar la gracia de Dios. Et por ende, fizol Dios tanta merced quel prometió et le aseguró que habría la gloria de paraíso: e el ermitaño gradesció esto mucho a Dios; et seyendo ya desto seguro, pidió a Dios por merced quel mostrase quien había de seer su compañero en paraíso. Et como quier que el Nuestro Señor le enviase decir algunas veces con el ángel que non facía bien en le demandar tal cosa, pero tanto se afincó en su petición, que tovo por bien Nuestro Señor Dios del responder et enviole decir con su angel que el rey Richalte de Inglaterra et él serian compañeros en paraiso.