La sirena tiene por sirvientes á los peces; es hermosísima en toda la plenitud del pensamiento, pero tiene el olor desagradable de los pescados podridos. En su cabellera está el quid encantador, el poder preternatural. Si alguien puede arrancarle una hebra, á él pasará la virtud de encantar ú omnipotencia; Su cabellera es poderosa como una red metálica con que envuelve y arrastra á su víctima.
A pesar de estar en el fondo de su babilónica habitación, puede oir todas las conversaciones sobre ella.
Si me tomara la molestia de contar sus hazañas, llenaría muchas páginas. Citaré solo una muy curiosa.
Cundía la noticia en 185 … de que la sirena prestaba febril actividad á sus cazas (en Ilocos nadie muere ahogado que no sea por la dichosa sirena) y que todas las madrugadas aparecía al Norte de la Catedral de Vigan. Varios jóvenes acordaron ir á cogerla (¡qué valientes! iban á jugar con fuego …. sobrenatural): la empresa era atrevida, pero en fin la llevaron á cabo.
Llegó, la hora de la cita; la sirena, en efecto, estaba ¡qué horror! habrá sabido los propósitos de sus adversarios y salió á su encuentro. Los jóvenes avanzaban y retrocedían con los pelos erizados; más por un esfuerzo lograron acercarse á la sirena y conseguir la captura de la soberana de las aguas … ¡supuesta! Era una soltera, que estaba esperando á su amante.
V.
EL PANANGYATANG Y EL CAIMAN.
Morga[13] y Colin dicen que los filipinos adoraban, en la época de la Conquista del país por los españoles, al caiman llamándole nono y le rogaban no les hiciese ningun mal, dándole algo de lo que traían en el barco, y que los pescadores arrojaban como primicias los primeros pescados, que sacaban de su red, y de lo contrario, no entrarían otros peces en ella. Esta preocupación existe hasta el día en Ilocos y según el Catecismo ilocano del P. Lopez (que estuvo en Ilocos á principios del siglo XVII) se llama panangyatang: pero en aquellas provincias no se encuentra este anfibio. Probablemente el P. Colin se había equivocado al aseverar que los filipinos llamaban al caiman nono, porque esta palabra es tagala, y significa abuelo y espectro, y tanto los ilocanos como los tagalos llaman buaya al caiman. Parece ser exacto que en los puntos de Filipinas donde hay caimanes, arrojen morisqueta á estos y otros objetos supersticiosos, como las rocas de formas singulares, á fin de que el viaje sea próspero.