Entonces los españoles encargaron á Vicos, amigo íntimo de Silang, único que podía subir á la colina, que le matase.

Y una tarde en que estaban paseándose amistosamente en la sala de su casa Silang y Vicos, éste dió algunos pasos hácia atrás y disparó contra él algunos tiros de pistola que le dejaron muerto en el suelo.

Silang sólo pudo decir estas palabras:

¡Matáyakon, Bernabela! (Ya me muero, Bernabela.) Así se llamaba su esposa.

Ésta se propuso vengar el asesinato, de su marido y llevó sus riquezas al Abra, para unir un considerable peloton de tinguianes é igorrotes.

Mientras tanto, los españoles se dirigieron á la colina á libertar á los cautivos de Silang y elevaron gracias á Dios, rogando por el mal éxito de las tentativas de aquella.

Ésta, en efecto, logró reunir muchos infieles, capaces de aniquilar á los pocos españoles, que guardaban la Villa Fernandina, como antes se llamaba Vigan.

Pero gracias á un milagro de Dios, los infieles retrocedieron.

Cuando llegaron ellos á la Bocana del Abra, creyeron, por una ilusión óptica, que todos los sotos y cercados de Vigan eran tropas armadas de fusiles, que tanto temían. Por esto regresaron despavoridos á sus respectivas rancherías.

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