X.

PSICOLOGÍA.

Yo creo que los ilocanos conocieron una especie de alma porque hasta ahora dicen que hay una cosa incorporal, llamada karkarmá innata al hombre; pero que se la puede perder en los bosques y jardines, y el hombre que la pierde se queda sin razón (ya sabemos que hombre sin alma es hombre sin razón) y como loco ó maniático, callado, como si estuviera pensando en una cosa muy profunda, no habiendo nada que le distraiga: abstraido. Y el que pierda su alma ó karkarmá, no tiene sombra, de modo que el karkarmá parece ser la misma sombra del hombre.

Los ilocanos cuando se retiran de un bosque ó campo exclaman: intayón, intayón (vámonos, vámonos), llamando á su karkarmá, para evitar que éste se distraiga, se quede en aquel sitio y se pierda. Cuando uno se queda loco meditabundo ó maniático, creen los ilocanos que ha perdido su karkarmá y sus parientes acuden á los curanderos, para que éstos lleven al loco á los lugares por donde haya andado y allí gritan ¡intayon, intayon!, con objeto de que el karkarmá extraviado vuelva al cuerpo del que lo ha perdido.

Hay otra razón para creer que los antiguos ilocanos conocieron una especie de alma. Es indudable que las supersticiosas creencias de los ilocanos, de hoy, que no fueron introducidas por los españoles y asiáticos, son heredadas de los antiguos ilocanos, sus ascendientes. Pues bien, hay en el día una preocupación ilocana de que los espectros (no quiero decir almas según las ideas cristianas; el alma del Catolicismo tiene nombre en el idioma ilocano, que es kararua) de los difuntos al tercero y noveno día de su muerte, visitan su casa y todos los lugares por donde hayan estado en vida. Los ahullidos de los perros, anuncian la presencia de un invisible espectro y para verlo, debemos poner legañas de perro en nuestros ojos. Este espectro se llama al-aliá, arariá y anioa-ás, en ilocano.

Además, los ilocanos aseguran que las almas de los difuntos suelen entrar en el cuerpo de algún vivo y que allí se las oye hablar con su propia voz. Me han dicho algunos campesinos que una mujer sin causa alguna cayó desvanecida, tiritando como si sintiera frío. Los presentes comprendieron que era un alma que se introdujo en el cuerpo y que deseaba hacer algún encargo: por eso, se apresuraron á cubrir con un lambong (velo de negro brillante) á la atacada, y empezaron, á hacer preguntas al alma ó almas (porque eran muchas las que entraron) y éstas contestaron con voces iguales á las que tenían en vida. Dejo á los lectores el adivinar si aquella pícara atacada, merecía palos ó era ventrílocua, ó si la credulidad de los campesinos les engañó.

De estas supersticiosas preocupaciones muy comunes en Ilocos, se deduce que los ilocanos conocieron una especie de alma, pero grosera ó absurda, esto es, que además de ser espiritual, era susceptible de caracteres materiales como la voz, su visibilidad en algunas ocasiones etc.

XI.

GINGINAMMUL Ó BABATÓ.