Es éste, según el vulgo, una persona que tiene pactos con el demonio. Posee una muñeca que le sirve de instrumento para dañar á sus enemigos[2]; si quiere que éstos padezcan dolor terrible de cabeza, vientre u otra parte, no tiene mas que picar con una aguja la cabeza, vientre, etc., de la muñeca. Y el individuo á quien se quiere dañar, sentirá dolores hasta morir, si así place al mangkukulam, en las partes picadas, y no le salva la distancia á que se halla de aquel.
En las provincias tagalas, siempre que alguno se vuelva maniático, loco ó por cualquier causa, delirante, se atribuye el mal á imaginarios mangkukulam y dicen sus parientes lo siguiente ó cosa parecida.
—Seguramente aquel fulano á quien riñó en tal día ó no le dió dinero ó causó algún disgusto, es mangkukulam, y hé aquí los efectos de su venganza.
Entonces acuden á los curanderos que tienen la especialidad de echar del cuerpo al mangkukulam. Suponen que éste invisiblemente vá al lecho del paciente, y le aprieta el cuello ó produce su enfermedad y que si se azota ó golpea al paciente, no siente él los golpes sino el mangkukulam.
En un caso ocurrido en Malabon á cierta jóven, los curanderos aconsejaron martirizar á la paciente, pues, como vá dicho, no sufre los martirios sino el mangkukulam, y con ellos se consigue ahuyentarle.
La familia se conformó con el aconsejando tratamiento, y la enferma fué clavada, azotada cruelmente y martirizada hasta que se escapó el mangkukulam, digo, el alma de la paciente á la eternidad, y los curanderos y la familia de la difunta fueron á parar con toda su humanidad al presidio de Bilibid.
Pero no escarmenaron los malaboneses: sufrió fuerte calentura un tal Bruno (en 1864) y, naturalmente, deliraba; se le ocurrió á la familia lo del mangkukulam y llamaron á los curanderos ad-hoc. Le sometieron á toda clase de martirios; el pobre gemía y gruñía; le hacían soplar por un tubo de caña y después el médico mandaba salir al mangkukulam.
El enfermo, delirante, contestaba cualquier cosa y creían que el que respondía era el mangkukulam y no el enfermo.
Había muchos curanderos, se relevaban unos á otros y cada uno aplicaba su propio tratamiento.
—¿Cuántos sois?—preguntaba uno al enfermo—y éste contestaba:—Tres.