Preguntado éste por el gobernadorcillo en qué fundaba sus sospechas, contestó:

—Sí, señor; estoy muy convencido de que éstos han hecho kulam (daño) al paciente.

—Pruébalo.

—Ahora mismo; aquí tengo dos piedrecitas que esos mangkukulam no tendrán reparo en poner en sus bocas, si es cierto que no lo son.

Y diciendo ésto, alargó una piedrecita al hijo. Éste no vaciló en aceptar y la iba á meter en su boca, cuando el padre se la arrebató impidiendo tenazmente que lo hiciera, entre sollozos.

—¡Ah!—exclamó entonces con aire de triunfo el curandero;—¡ya vé V., señor capitán! ¿No está V. convencido aún de que sean tales mangkukulam?

—Tienes razón;—contestó el cándido gobernadorcillo, que estaba muy demudado y le hororizaba el juzgar y tener en su presencia á unos mangkukulam. Pero en fin, sacando fuerzas de su confusión y miedo, añadió en tono solemne:

—Efectivamente, si no lo fuérais, ¿porqué temeriais meter en vuestra boca esas piedrecitas? ¡Ah! Os condeno á que cureis al que habeis dañado. ¡Cuidado con no cumplir en seguida este mandato mio y cuidado si vosotros, vengándoos de mi justicia y autoridad, me haceis experimentar el menor mal. Os haré crucificar y quemar en la plaza.

—Señor,—contestó el padre,— nosotros ganamos con honradez nuestro sustento, aunque seamos pobres; odiamos camorras, nos alejamos de la chismografía del vecindarío y nos encerramos solitos en nuestra casa, y de esto ha deducido ese pícaro que en nuestra casita rendimos culto al demonio y tenemos pactos con él. El curandero es el pillo: gana la morisqueta diaria con su charlatanismo, á muchos ha embaucado, muchos le tienen por malo; y ¿cómo no habiamos de temer que esas piedrecitas estén envenenadas por ese que es capaz de todo, para que si las tragarnos y morimos, pueda decir que Dios ó sus piedras milagrosas nos han castigado, y sí no las tragamos por justificado temor, pueda decir que somos mangkukulam, como pretende ahora? Mire V. bien, señor capitan, que el dilema está bien carpinteado y con semejantes medios engaña al vecindario; pero su ingénio indica gran perversión de su sentido moral.

—Miren Vds. qué listo el mangkukulam—interrumpió el curandero;—no le oiga V., señor capitan, que le está inspirando su amigo el invisible. ¡A crucificarles, á quemarles vivos!