Si el enfermo siente frío, hay que aplicarle además sinapismos en los brazos y piernas, para que el calor de la cabeza—según el curandero—se desparrame en las demás partes del cuerpo. Y si todavía el mal-aire persiste, se le aplican ventosas en la espalda.
Si se trata de traspasos de hambre ó calor de estómago, con un emplasto, compuesto por el Galeno visaya, aplicado á la boca del estómago, suele desaparecer el mal. O si no, tomando infusión de la corteza de suma (Anamirta cocculus, Wight et Arn.)
Pero si el enfermo tiene algún dinero, el curandero se apresura á ir á verle con su característica talega, esto es, su botiquin de mano, que se compone de mutiás (piedras milagrosas) y muchas cortezas y raices de árboles, que curan todo género de enfermedades. Las piedras sirven, además, de amuletos.
El curandero toma el pulso al doliente y al cabo de un minuto de grave meditación, augura feliz resultado y soba, compone ungüento ó brebaje, aplica sinapismos ó lo que sea conveniente á la enfermedad que se trate de combatir.
Demuestra hacer todo esto con verdadero afán, mucho cuidado y sobrada afectación de su exclusiva cencia.
Después de la operación, los de la casa le ofrecen vino y comida, ó sea el sumsuman, plato, por lo regular, de pescados asados, y el indispensable sanag (honorarios de su primera visita), sin lo cual asegura el charlatán que pasaría á él la enfermedad.
Si empeora el paciente, se vale el curandero de estremosos (léase brutales) remedios; reza, invoca á Dios y al demonio; va á la iglesia á barrer ó prestar algún servicio á los santos y después practica ceremonias supersticiosas en honor de los diuatas (dioses falsos de los visayas).
Pregunta si alguna vez el enfermo ha estado á la sombra de algún supersticioso árbol; si ha estado en algún bosque, campiña ó ribera de algún río. Si contestan que sí, como casi siempre, por lo visto, el curandero respira fuerte, como si hubiese dado con el remedio eficaz.
Ya decía yo—asevera el nuevo Hipócrates—que esta enfermedad tiene síntomas y carácter singulares. Y es claro, porque la produce una piedra ó cuña de madera que los espíritus malignos le han metido en el cuerpo, vengándose de él por ofensas que, acaso sin saberlo, les haya causado. Hay, pues, que extraer esa piedra con el butbut, ó sea emplasto de jengibre machacado.
Si este remedio no surte el efecto apetecido, el mediquilló rodea de muchos braceros el lecho del paciente y quema en ellos incienso, palma bendita ó romero. Y si con esto todavía no acaba de matar asfixiado al moribundo, coge una palma bendita y con ella procura echar del cuerpo del doliente á los espíritus maléficos, azotándole con todas sus fuerzas, en la creencia de que no los sufre el enfermo sino los espíritus como el mangkukulam. También sacude con la palma las paredes para enviar de una vez al quinto infierno á los malditos demonios.