Había en la época de la Conquista, sacerdotes y sacerdotisas (era mayor el número de las mujeres) para los sacrificios que cada uno ofrecía por su intención ó necesidad.

Lo éran unos por herencia y parentesco; otros por mañas, y «á otros—dicen los analistas religiosos—engañaba el demonio, que hacía pacto con ellos de asistirles y hablarles en sus ídolos y se les parecía en varias figuras».

Entre estos sacerdotes, había varios superiores llamados Sonat, Bayok ú otro, segun los dialectos. Esta especie de prelado era muy respetable y no podía serlo, si no un principal ó maginoó.

Las sacerdotisas, también llamadas babailan ó katalonan (por no haber femenino ni masculino en los dialectos filipinos) eran viejas mentirosas que decían estar iluminadas por los anitos (así llamaban los tagalos ó indígenas de Luzon á sus dioses de segundo órden) ó diuatas (entre los visayas), que intervenían en la celebración de los casamientos y en los sacrificios, sirviendo de adivinas en las enfermedades, y en una palabra, en todo lo concerniente al culto de los dioses.

Las sacerdotisas eran lascivas y astutas; ganaban su subsistencia, haciendo pronósticos ambíguos sobre el desenlace de las enfermedades graves.

Como los arúspices romanos, leían lo futuro en las entrañas del cerdo ú otras víctimas, y eran ricas, como ya se supone, pero no muy queridas, y sólo se acordaban de ellas cuando ocurría alguna desgracia. Véase lo que ya hemos dicho en la pág. 163.

Los misioneros católicos no tardaron en desterrar la mayor parte de las creencias primitivas, desbaratando por completo la estructura, digámoslo así, de aquella teogonía. Demostrados hasta la saciedad los embustes y mañas de los babailanes, natural era que los indígenas, ávidos por otra parte, de novedades, abrazasen el Catolicismo, aunque viciándolo con algunas de sus preocupaciones pristinas, que no podían tan pronto olvidarlas, ni convencerse por completo de su falsedad.

Como en todo tiempo y en todas partes ocurre, no faltaron personas ingeniosas ó malvadas que explotaran la credulidad de los supersticiosos y el estado de ánimo de estas gentes, sacando nueva religión de la combinación de ciertas ideas cristianas y algunas creencias supersticiosas, que el pueblo filipino se resistía á desterrar.

Estos nuevos apóstoles que se proponían hacer negocio con la religión, emplearon la prestidigitación y otros medios análogos para embaucar á las gentes, ora haciéndose venerar como profetas inspirados por Dios, ora como dioses ó reyes mismos. A esto se prestó y se presta ahora, la noticia evangélica ó bíblica de que Dios algunas veces apareció como miserable mendigo ó en otra forma humana. Ningún indígena de Filipinas ignora ésto, y en provincias, se respeta mucho á los ancianos mendigos, «porque—dicen—pueden ser el mismo Dios, que quiere probar nuestra largueza».

En 1599 habiendo huido á los montes de Panay los indios temerosos de los moros de Mindanao, se resistían á volver á sus pueblos por sugestiones de una india llamada Dupungay, que era la más célebre babaylan de aquella isla.