En esto, recibe Isio un despacho urgente de la cabecera, en el que un amigo le participa que dentro de pocas horas se firmaría su destitución provisional como gobernadorcillo al par que el auto de su ingreso en la cárcel, y que según todas las probabilidades irá á parar al presidio por abusos de autoridad, exacciones ilegales y otros delitos por este estilo que han resultado justificados contra él.
Enterado su viejo interlocutor de esto, díjole:
—Sálvese V. como pueda, vaya al monte.., ó en fin, á donde quiera, hijo mío, que yo no puedo aconsejarle nada.
Isio, sin perder momento, se entrevistó con los ricos y disimulando el apuro en que se veía, y sus intenciones, malvendió en pocas horas todas sus cosas, excepto un hermoso caballo que tenía, algunos libros é instrumentos de mágia, que había aprendido en Manila y á la que tenía mucha afición, y acompañado de un criado suyo, tan fiel como valiente, aunque visiblemente de más edad que él, se dirigió al monte.
X
Isio y su criado se dirigieron á los montes para buscar un refugio en sus bosques, y al penetrar en la primera ranchería de los igorrotes alzados ó caníbales, disparó algunas bombas y tres cohetes de bengala.
Figuraos el efecto que surtirían entre los salvajes aquel ruido y aquellas luces: los baglanes (sacerdotes) de la ranchería, se reunieron con los ancianos, sumamente admirados todos, para explicar aquellas luces, que mal podían ser de los españoles, porque estos sólo entrarían, para castigar alguna fechoría, que no habían cometido, y en todo caso, como se anuncian con ruido, los espías y centinelas hubieran antes dado aviso de ello; y excusado será decir que no lo esperaban de los demás igorrotes.
Era, pués, aquello muy singular, y seguramente un milagro extraordinario de los Anitos.
Asi debió suponer Isio, ó ese era su propósito, porque se presentó vestido con un lujoso traje de Capitán general de los que se usan en las comedias ilocanas, y á los que se adelantaron á verle, les manifestó ser enviado de los Anitos, y que nada tenían que temer de ellos.