—¡Cielos!

Y después de una breve pausa, añadió:

——¡Cielos! de tí na debo esperar nada;… tampoco de V., capitan; tampoco de mi casa y de otros bienes mios.

Y dirigió su mirada al sitio de su casa, para retirarla apresuradamente, como si no pudiera soportar el dolor que le causaba aquella, al recordar que irremisiblemente se malvendería.

Por mera casualidad se fijó su vaga vista en la vecina cordillera; entonces meditó un instante y después preguntó al viejo:

—Y esos montes ¿no podrán prestarme hospitalario refugio?

—Hombre, murmuró el viejo; es verdad que no veo otra salida para V. que huir á ellos; pero no puede V. figurarse lo triste que sería su destierro, siempre en perpetuo peligro de ser sorprendido por los agentes de justicia ó por los caníbales, y sin poder ya volver á esta vida en buena sociedad.

—¡Y qué buena es!—¡contestó con desden Isio!—Nó; prefiero el salvajismo: las murmuraciones, las envidias, la opresión del inferior por el superior, la enemistad entre el rico y el pobre; en fin, los horrores de la desigualdad, ¿son los encantos de la sociedad?… ¿Qué atractivos tiene ésta?… Si se trata de amores, ¿no es mejor, infinitamente mas grato llevar á la espesura de los bosques al objeto de nuestro cariño, y adorarle allí sin trabas, haciendo imposibles los celos y proclamarla como reina de la Naturaleza bruta?

—¡Hombre! despéjese V … vamos, temo que pierda la razón por la desgracia que le amenaza, y la cosa ciertamente no es para menos.

—¿Pero acaso he dicho alguna mentira? Señale V. cuáles son los atractivos de la sociedad.