En una sementera del pueblo de Bantay, denominada Anannam, había un escultor, llamado Severino Marzan. Este labró un Crucifijo con un bolo ó machete. Los amigos de Severino decían que el referido Crucifijo era milagroso, á juzgar porque cada vez que iban á visitarla, cambiaba de rostro.
¿A que obedecían aquellas admirables mudanzas? ¡Personas de mi completa confianza lo atestiguaban!…..
Pues nada, en las horas, en que el famoso Severino se encontraba en su casa, observaba que el Crucifijo era imperfecto, y casi todos los días arreglaba con su bolo las imperfecciones, que, según notaba él, se multiplicaban cada vez más.
Sí; en Ilocos abundan escultores de esta ralea y por ende imágenes estrámboticas. Y cuando vivia el citado padre Pastor, mandaba quemarlas. Esta acción le valió por parte de la gente baja de Ilocos afirmaciones supersticiosas. Desgraciadamente el padre Pastor padeció de la enfermedad que tanto atormentó al pacientísimo Job y hé aquí que los escultores la atribuyeron á dicha acción para ellos cruel é indigna.
—Ninguno pase por encima de los chiquillos, á fin de que éstos no sean desgraciados.
—No midas al chiquillo, si deseas que se desarrolle.
—Ni le des coscorron, á fin de que no se vuelva tonto.
—Para que las criaturas tengan narices aguileñas, tócalas el paladar.
—Será bravo el chiquitín cuando llegue á ser grande, si tiene en la coronilla dos remolinos. Si tiene uno sólo y muy en medio, será cura.
—Cuando abundan mangas (frutas), el sembrado de palay es pobre y escaso.