Los de Ilocos Súr cuidan mucho de que ninguna mosca se pose en el rostro del agonizante, creyendo que aquella pesa sobre éste, como si fuera una montaña.

En tiempos anteriores (y aún ahora[5] se citan varios casos en algunos pueblos de Ilocos Norte) se observa con mucha atención cuántos dedos extiende el agonizante en sus últimas convulsiones.

El número de dedos extendidos, es el de las personas, que los parientes más cercanos del moribundo deben asesinar por su mano ó por medio de otros, siendo preocupación que si no cumplen con este deber, morirán dentro de pocos dias. Los deudos del difunto no están precisamente obligados á matar á sus víctimas, sinó sólo deben cortar un dedo meñique[6] de la mano (no sé si la derecha ó izquierda) por cada uno de los extendidos por el agonizante; pero matan al que le cortan algún dedo, temiendo ser denunciados ante los tribunales de justicia.

Recogen los dedos cortados é ignoro á donde los llevan.

Los comisionados á llevar á cabo el encargo del difunto se visten de negro y ván á los lugares retirados para cazar hombres, sin distinción alguna.

En Abra la preocupación es otra: algunos viejos ó viejas registran los piés del cadáver, los cuales si se encogen, presagían la próxima muerte de otro indivíduo de la misma familia.

Los ilocanos señalan como caso de contagio el ponerse á la cabecera del agonizante, creyendo que al morir, se escapa del cadáver la enfermedad y se apodera de la persona, que está allí.


Mortaja. Apenas espira uno, varias viejas ó viudas, lavan con agua tibia el cadáver antes de amortajarle. La mortaja se compone de los vestidos más ricos del difunto ó los de la boda, si aún existen; en Ilocos Norte suele cambiarse tres veces durante el dia y todas las alhajas de valor se ponen en el cadáver, como postrimer adios á las cosas del mundo. Antes de bajar de la casa el cadáver, se lo viste de hábito de religioso franciscano.

Dícese que el que muere repentinamente se corrompe más pronto que los demás cadáveres. En Ilocos Norte se usa el oro, para evitar la descomposición rápida, introduciendo en la boca del cadáver una moneda ó alhaja cualquiera de aquel metal.