Estas disposiciones fueron sostenidas por varias leyes, siendo una de las más notables la que imponía penas contra los ciudadanos que en las turbulencias del estado no se declarasen por alguno de los partidos. Con está disposición admirable se proponía el legislador sacar a los hombres de bien de una inacción funesta, echarlos en medio de las facciones y salvar el estado con el ascendiente y la fuerza de la virtud. Por otra ley se condena a muerte a todo súbdito convencido de haber querido apoderarse de la autoridad soberana. Últimamente, en el caso de que uno u otro gobierno se elevase sobre las ruinas del popular, los magistrados deben hacer dimisión de sus empleos y a todo súbdito será lícito quitar la vida, no solo a un usurpador de la autoridad suprema y a sus cómplices, sino también al magistrado que continúe en sus funciones después de la usurpación del gobierno. Tal es en compendio la república de Solón.
A estas disposiciones fundamentales siguió un código de leyes criminales y civiles, según las cuales el ciudadano debe ser considerado bajo tres aspectos, a saber: 1.º en su persona, como que hace parte del estado; 2.º en la mayor parte de las obligaciones que contrae como individuo de una familia, que pertenece también al estado; y 3.º en su conducta, como miembro de una sociedad, cuyas costumbres constituyen la fuerza del estado mismo.
Para dar una idea de su legislación bajo estos tres puntos de vista, basta referir aquí algunas disposiciones generales.
Cuando un ateniense intenta quitarse la vida, se hace reo del estado, porque le priva de un individuo; en este caso se enterraba separada su mano, y esta circunstancia era una afrenta. Pero si atentase contra la vida de su padre, las leyes guardan silencio contra esta atrocidad: así inspiraba Solón más horror a semejante crimen, suponiendo que no estaba en el orden de las cosas posibles el cometerle. Imponiendo la nota de infame al hombre ocioso, dispuso también Solón que el Areópago indagase el modo de vivir y proveer a su subsistencia cada particular; a todos ellos les permite ejercer artes mecánicas, y al que no ha cuidado de enseñar un oficio a su hijo, le priva del derecho de los socorros que como padre debía esperar de él en su vejez.
El que se hace famoso por la depravación de sus costumbres, cualquiera que sea su estado, su clase y su talento, queda excluido del sacerdocio, de la magistratura, del senado y de la asamblea general; no podrá hablar en público, ni ser encargado de una embajada, ni tener tampoco asiento en los tribunales; y si ejerciere alguna de estas funciones, será acusado criminalmente y sufrirá las penas prescritas por las leyes.
Las de Solón no debían conservar su fuerza más de un siglo, cuyo término señaló para no irritar a los atenienses con la perspectiva de un yugo eterno. Cuando ya fueron meditadas detenidamente, viose Solón rodeado de una multitud de importunos que le aburrían con preguntas, consejos, alabanzas o vituperios. Habiendo apurado todos los medios de suavidad y paciencia, y comprendiendo que el tiempo era lo único que podía consolidar su obra, tomó la resolución de ausentarse por diez años, y por un juramento personal obligó a los atenienses a que no tocasen a sus leyes hasta su vuelta.
Fue al Egipto, donde trató con aquellos sacerdotes que se creen tener en sus manos los anales del mundo, y de allí pasó a Creta, donde instruyó al soberano de un reducido país en el arte de reinar y dio su nombre a una ciudad, cuya dicha había procurado.
A su vuelta encontró a los atenienses muy próximos a caer de nuevo en la anarquía, y, siendo acogido con los más distinguidos honores, se aprovechó de estas favorables disposiciones para calmar la agitación de los partidos. Al principio se creyó poderosamente ayudado por Pisístrato; pero no tardó en conocer que este diestro político ocultaba una ambición sin límites bajo una moderación fingida.
PISÍSTRATO.
Jamás hubo hombre alguno que reuniese más circunstancias que este para cautivar los corazones, pues se hallaba dotado de un nacimiento ilustre y de grandes riquezas; de un valor acreditado, un aspecto y presencia que infundían respeto, una elocuencia persuasiva y un entendimiento abundante en dotes naturales e ilustrado con el estudio. Con tan grandes ventajas que le hacían accesible a los menores ciudadanos y les prodigaba los consuelos y socorros con que el hombre se granjea el afecto y la voluntad de sus semejantes. Así es que, haciéndose con su conducta el ídolo de la multitud, creyó poder elevarse fácilmente al poder soberano, y para ello se valió de la estratagema siguiente.