En aquellas tristes circunstancias en que las imaginaciones estaban poseídas de un terror pánico, se consultó a los oráculos y adivinos, y oída su respuesta hicieron venir de Creta a Epiménides, mirado en su tiempo como un hombre que tenía comunicación con los dioses, y adivinaba lo futuro. Recibiole Atenas con aquel entusiasmo que inspiran la esperanza y el temor a un mismo tiempo en tales circunstancias. Después de haber hecho sacrificios en nuevos templos y sobre nuevos altares, aprovechose Epiménides de su ascendiente para hacer innovaciones en las ceremonias religiosas, y mediante una multitud de reglamentos trató de reducir a los atenienses a principios de unión y de equidad. Marchó, en fin, cubierto de gloria, honrado con el sentimiento del pueblo, que lloraba su ausencia, y rehusando admitir presentes considerables, únicamente pidió un ramo de olivo consagrado a Atenea. Poco tiempo después de su marcha volvieron a encenderse con más furor las disensiones civiles.

LEGISLACIÓN DE SOLÓN.

(Año 514 antes de J. C.) Para sostener al estado cuando amenazaba su ruina, la voz unánime elevó a Solón a la dignidad de primer magistrado, de legislador, y de árbitro soberano. Descendía de los antiguos reyes de Atenas; aplicose desde su juventud al comercio y viajó después por varios países para aumentar sus conocimientos.

El depósito de estos se hallaba entonces en manos de algunos hombres virtuosos, conocidos bajo el nombre de sabios, y distribuidos en diferentes países de la Grecia. Su único estudio se dirigía a conocer al hombre según lo que es, lo que debe ser y cómo se le debe instruir y gobernar. Enlazados con una amistad íntima, se reunían algunas veces en un mismo lugar para comunicarse sus luces, y ocuparse en los intereses de la humanidad. En estas augustas reuniones se veían Tales de Mileto, Pítaco de Mitilene, Bías de Priene, Cleóbulo de Lindos, Milón de Quíos, Quilón de Lacedemonia y Solón de Atenas, que era el más ilustre de todos. Al número de estos sabios se puede añadir el antiguo Anacarsis, quien atrajo a Grecia desde lo interior de la Escitia la fama de la reputación de aquel país. A los conocimientos que Solón adquirió con el trato de aquellos sabios reunía talentos distinguidos, siendo uno de ellos el de la poesía, que recibió al nacer y cultivó hasta su edad más avanzada, pero siempre sin esfuerzos ni pretensiones. En los últimos años de su vida inventó pintar en un poema las revoluciones acontecidas en nuestro globo, y las guerras de los atenienses contra los habitantes de la isla atlántica, situada más allá de las columnas de Heracles, sumergida después por los mares.

El primer acto de autoridad que ejerció, cuando se vio a la cabeza de la república, fue el de conciliar los intereses de los ricos y de los pobres, rehusando el repartimiento de las tierras que estos pedían a gritos. En este apuro, Solón abolió las deudas particulares, anuló todos los actos que comprometían la libertad del ciudadano y negó el repartimiento de las tierras. Ricos y pobres murmuraban al principio, creyendo que todo lo habían perdido porque no lo habían logrado todo; pero viendo en breve renacer la industria, restablecerse la confianza y volver en fin al seno de su patria tantos infelices alejados de ella por la crueldad de los acreedores, admiraron la sabiduría de su legislador y le concedieron nuevos poderes, de que se aprovechó para revisar las leyes de Dracón, dejando intactas las concernientes al homicidio.

Alentado Solón con éxito tan feliz, acabó la obra de su legislación y, prefiriendo a cualquiera otro el gobierno que entonces existía, se ocupó lo primero de tres objetos esenciales cuales eran el de la asamblea de la nación, la elección de magistrados y el arreglo de los tribunales de justicia.

Instituyose que el supremo poder residiese en las asambleas, a donde todos los ciudadanos tendrían derecho de asistir, y que en ellas se decidiría sobre la paz y la guerra, las leyes, los impuestos y todos los grandes intereses del estado.

Para dirigir a la multitud en sus deliberaciones, estableció un senado compuesto de cuatrocientos individuos, sacados de las cuatro tribus que componían entonces el Ática. Estos cuatrocientos individuos fueron como diputados y representantes de la nación. A toda decisión del pueblo debía preceder un decreto del senado: instituyose también que los primeros opinantes en la asamblea popular tuviesen la edad de cincuenta años cumplidos, y que todo orador, antes de hablar sobre los asuntos públicos, sufriese un examen que versaría sobre su conducta; se dio permiso en fin a todo ciudadano para perseguir en justicia al orador que se hubiese valido de artificios y de amaños para ocultar en este examen la irregularidad de sus costumbres y de su conducta.

Dejó Solón a la asamblea general el poder de elegir los magistrados, y el de hacerse dar cuenta de su administración. Esto no obstante, juzgó también conveniente el dejar las magistraturas en manos de los ricos, que las habían tenido hasta entonces, fundándose en que así las haría más respetables a la multitud. Después llegaron a ser anuales; las principales dependieron de la elección y las demás fueron dadas por suerte.

Los nueve magistrados o arcontes presidían los tribunales, de cuyos juicios o sentencias se apelaba a los tribunales superiores. Para proveer los empleos de todos estos, decidió Solón que todos los ciudadanos sin distinción se presentasen a llenar las plazas de jueces, y que entre ellos decidiese la suerte. Tenía Atenas en el Areópago un tribunal respetado del pueblo por sus luces y su antigüedad. Para conciliarle aún más respeto e instruirle a fondo de los intereses públicos, quiso que los arcontes, al cesar en su empleo, fuesen contados en el número de los senadores, después de un maduro examen. De esta suerte, el senado del Areópago y el de los cuatrocientos se hacían dos contrapesos muy poderosos para poner la república a cubierto de las tempestades que suelen amenazar a los estados; pues el primero reprimía las tentativas de los ricos, y el segundo enfrenaba los excesos de la multitud.