Sean rígidos enhorabuena contra los defectos de Homero aquellos que pueden resistir a sus bellezas, porque, a la verdad, ¿por qué disimularlo? Unas veces descansa y otras dormita, pero su reposo es como el del águila que, después de haber recorrido por los aires sus vastos dominios, cae fatigada sobre una alta montaña, y su sueño parece al de Zeus que despierta lanzando el rayo, según el mismo Homero.
SEGUNDA PARTE.
Hablando con exactitud, la historia de los atenienses no empieza hasta cerca de ciento cincuenta años después de la primera olimpiada. Así pues, podemos dividirla en tres épocas, marcadas por caracteres particulares: a la primera denominaremos el siglo de Solón o de las leyes; a la segunda, el de Temístocles y Arístides, que es el de la gloria; y a la tercera, el de Pericles, que es el de las artes.
SECCIÓN PRIMERA.
Siglo de Solón, desde el año 630 hasta el 490 antes de J. C.
Estaba gobernada la república por nueve arcontes o magistrados anuales, cuya autoridad no era suficiente para mantener la tranquilidad en el estado; y el Ática estaba dividida en tres facciones, que eran la de los pobres, la de los ricos, y la de los habitantes en las costas. Los primeros estaban por la democracia, los segundos por la oligarquía, y los terceros, dados a la marina y al comercio, querían un gobierno mixto, que les asegurase sus posesiones con la independencia. En tal estado de cosas las leyes antiguas carecían de vigor, y la licencia quedaba impune o solo se la imponían penas arbitrarias.
DRACÓN.
En esta anarquía, que amenazaba al estado su próxima ruina, fue escogido Dracón para tratar del arreglo de toda la legislación, extendiéndola y aplicándola hasta los más leves pormenores. Este legislador compuso un código de leyes y de moral por el cual se lisonjeaba de poder formar hombres libres y virtuosos; pero la extremada severidad de sus leyes solo hizo descontentos, cuyas murmuraciones le obligaron a retirarse a la isla de Egina, donde murió de allí a poco tiempo. Había dado en sus leyes un testimonio de su genio, que las hizo tan severas como lo fue siempre su carácter. La muerte es la pena que impone a la ociosidad, y la única que aplica tanto a los crímenes más leves, como a las maldades más atroces.
Como no había tocado a la forma de gobierno, se aumentaron de día en día las disensiones intestinas después de su ausencia. Uno de los principales ciudadanos, llamado Cilón, se apodera entonces de la autoridad, le sitian en la ciudadela, y evita, en fin, con la fuga el suplicio que le aguardaba. Mas sus cómplices son extraídos del templo de Atenea, donde tomaron asilo, y al punto fueron degollados contra la palabra que se les dio de perdonarles la vida. Esta perfidia de los vencedores excitó la indignación general. Poco después se recibió la noticia de que los megarenses se habían apoderado de Nisea y de la isla de Salamina, y casi al mismo tiempo propagose por toda la ciudad una enfermedad epidémica.
EPIMÉNIDES.