A la primera señal del combate, los atenienses atravesaron corriendo esta distancia, y los persas, admirados de un modo de atacar tan extraño, permanecen al principio inmóviles; pero en breve oponen al furor impetuoso de sus enemigos un furor más tranquilo y no menos temible. Después de algunas horas de combate obstinado, las dos alas del ejército de los griegos empiezan a fijar la victoria derrotando las de los persas que se les oponen, y decídese en fin cuando en seguida se dirigen contra el centro del enemigo, que acosaba al cuerpo de batalla mandado por Arístides y Temístocles.
Los persas, rechazados por todas partes, huyen hacia su escuadra; el vencedor los persigue a sangre y fuego; prende, quema, echa a pique muchas de sus naves, y sálvanse las demás a fuerza de remos.
Milcíades salió herido, e Hipias y dos generales atenienses perecieron en el combate. Apenas se había decidido la victoria, cuando un soldado rendido de cansancio, concibió el proyecto de llevar a los magistrados de Atenas la primera noticia de este suceso: cargado de sus armas, corre, vuela, llega, anúnciales la victoria, y cae muerto a sus pies.
Esta gran batalla se dio en el tercer año de la olimpiada setenta y dos, día 29 de septiembre del año 490 antes de J. C. Al día siguiente llegaron al campo de los atenienses dos mil espartanos que habían andado en tres días con sus noches 1200 estadios (cerca de 46 leguas y media) y no se retiraron hasta después de dar a los vencedores los elogios merecidos.
Nada omitieron los atenienses para eternizar la memoria de los héroes que murieron en el combate. Hiciéronseles honrosas exequias, y fueron grabados sus nombres en medias columnas levantadas en la llanura de Maratón, y un hábil artista pintó circunstanciadamente la batalla en uno de los pórticos más frecuentados de la ciudad: allí representó a Milcíades a la cabeza de los generales, en el momento de exhortar las tropas del combate.
No tardaron los atenienses en vengarse ellos mismos de Darío. Habían elevado tanto a Milcíades que empezaron a temerle: los que envidiaban sus glorias representaban que mientras mandaba en Tracia había ejercido todos los derechos de la soberanía, y que era tiempo de estar alerta tanto sobre sus virtudes como sobre su gloria. El mal éxito de una expedición que dirigió contra la isla de Paros dio nuevo pretexto al encono de sus enemigos. Acusáronle de haberse dejado corromper por el oro de los persas, y, a pesar de las declamaciones y solicitudes de los más honrados ciudadanos, fue condenado a ser arrojado en la fosa donde hacían perecer a los malhechores. Opúsose el magistrado a la ejecución de esta sentencia y fue conmutada la pena en una multa de cincuenta talentos (1.005.882 reales); pero no hallándose en disposición de poderla pagar, se vio al vencedor de Darío expirar entre cadenas en una prisión, de resultas de las heridas que había recibido en defensa de la patria.
TEMÍSTOCLES Y ARÍSTIDES.
Estos dos ilustres atenienses tomaban sobre sus conciudadanos aquel ascendiente que el uno merecía por sus varios y apreciables talentos, y el otro por la diversidad de su conducta, enteramente consagrada al bien público. Opuestos ambos en principios y en proyectos, llenaban de tal modo la plaza pública con sus divisiones que un día Arístides, después de haber conseguido una ventaja sobre su adversario, no pudo desentenderse de decir «que la república perecía si no le echaban a él y a Temístocles en una fosa profunda».
He aquí un rasgo que da a conocer perfectamente la diferencia de carácter de estos dos atenienses. Anunció Temístocles públicamente que había formado un proyecto importante, cuyo buen éxito dependía de un secreto el más impenetrable; y el pueblo respondió: «Sea Arístides el depositario de ese secreto, y nos conformamos con su parecer». Llamó a este aparte Temístocles y le dijo: «La escuadra de nuestros aliados está tranquila en el puerto de Pagasas; propongo que la incendiemos y seremos dueños de la Grecia». «Atenienses», dijo entonces Arístides, «nada hay tan útil como el proyecto de Temístocles, pero nada tan injusto». «Lo reprobamos pues», contestaron a una voz los de la asamblea.
Al fin triunfaron de la intriga el talento y la virtud. Como quiera que Arístides se conducía cual un árbitro en las discordias de los particulares, la reputación de su equidad hizo que estuviesen desiertos los tribunales de justicia. Acusole la facción de Temístocles de que establecía una realeza tanto más temible cuanto que estaba fundada en el amor del pueblo, y concluyó pidiendo que se le impusiese la pena de destierro. Estaban juntas las tribus que debían dar su voto por escrito, y Arístides asistía al juicio. Un ciudadano oscuro, que estaba sentado junto a él, le suplicó que le escribiese el nombre del acusado en una conchita que le presentó. «¿Os ha hecho algún agravio?», preguntó Arístides. «No», contestó el incógnito, «pero estoy fastidiado de oírle llamar por todas partes el Justo». Arístides escribió entonces su nombre, fue condenado y salió de la ciudad deseando el bien de su patria.