Siguiose a su destierro la muerte de Darío. Jerjes, hijo y sucesor de este príncipe, se dejó fácilmente persuadir de Mardonio, su cuñado, para que reuniese la Grecia y la Europa entera al imperio de los persas: declarose la guerra y toda el Asia se conmovió. Se emplearon cuatro años en levantar tropas y hacer grandes preparativos, y cuando estuvieron acabados, salió de Susa el rey y fue a Sardes, en Lidia, desde donde envió reyes de armas a toda la Grecia, excepto al país de los lacedemonios y atenienses.
En la primavera del año cuarto de la olimpiada setenta y cuatro (480 años antes de J. C.), llegó Jerjes con un ejército a las orillas del Helesponto, y queriendo recrearse en el espectáculo de su poder, subió a un trono elevadísimo, y desde allí vio la mar cubierta de sus naves, y la campiña de sus tropas. En aquel paraje solamente está separada de la Europa la costa de Asia por un brazo de mar de siete estadios de anchura, o sea un cuarto de legua. Dos puentes de barcas fuertemente ancladas, unieron las costas opuestas; pero habiendo destruido esta obra una tempestad, Jerjes mandó cortar la cabeza a los obreros, y queriendo tratar a la mar como esclava, mandó también que la azotasen con látigos, que la marcasen con un hierro ardiendo, y que echasen al fondo un par de cadenas. Su ejército, que se componía de un millón setecientos mil infantes y ochenta mil caballos, gastó siete días y siete noches en pasar el estrecho, y sus bagajes un mes entero. Habiendo llegado a la llanura de Dorisco, regada por el Hebro, revistó sus tropas y pasó luego a su escuadra, que siendo compuesta de mil doscientas siete galeras de tres órdenes de remos, podía llevar lo menos doscientos cuarenta mil hombres. A estas fuerzas, traídas del Asia, se juntaron en breve trescientos mil combatientes, sacados de muchas regiones europeas sometidas al rey de Persia.
Después de haber pasado Jerjes revista a sus tropas de mar y tierra, consultó con el rey Demarato que, desterrado de Lacedemonia algunos años antes, había hallado un asilo en la corte de Susa; pero quedando poco satisfecho de las respuestas de este espartano, dio sus órdenes y el ejército se puso en marcha dividido en tres columnas, una de las cuales seguía la costa. Las naves todas cargadas de víveres iban costeando y reglaban sus movimientos por los del ejército que marchaba hacia la Tesalia, talando las campiñas, y consumiendo en un día las cosechas de muchos años. El monte Atos se prolonga dentro del mar formando una península, y este obstáculo retardaba la navegación de la escuadra que debía doblarle, mandó Jerjes que se abriese un paso por aquel istmo, y una multitud de obreros lo ejecutó ocupando mucho tiempo en hacer un canal, por el cual pasó la escuadra a dos galeras de frente.
Viendo cercano el riesgo que les amenazaba, trataron los lacedemonios y atenienses de formar una liga general de todos los pueblos de la Grecia; convocaron una dieta en el istmo de Corinto y enviaron de ciudad en ciudad diputados encargados de difundir e inspirar por allí el entusiasmo y ardor de que ellos estaban animados. Mas sus esfuerzos no tuvieron el éxito deseado, porque los argivos, debilitados con las pérdidas considerables que habían tenido en una guerra contra Lacedemonia, permanecieron tranquilos hasta que por último estuvieron secretamente en correspondencia con Jerjes. Gelón, rey de Siracusa, no quiso darles socorros sino bajo la condición inadmisible de que él mandaría el ejército confederado, y los tesalios, en lugar de impedir el paso a los persas, resolvieron hacer convenios con ellos. De este modo no quedaba ya para la defensa de la Grecia más apoyo que el de un corto número de pueblos y ciudades, cuyas esperanzas procuraba reanimar Temístocles.
Este grande hombre había emprendido el plan de que los atenienses volviesen sus miras hacia el mar, y les persuadió a que las sumas que rendían sus minas de plata se invirtiesen en construir doscientas galeras, ya para atacar a los habitantes de la isla de Egina, con los cuales estaban en guerra, y ya para resistir un día a los persas.
Mientras que Jerjes continuaba su marcha, se resolvió en la dieta del istmo que un cuerpo de tropas capitaneado por Leónidas, rey de Esparta, se apoderase del paso de las Termópilas situado entre la Tesalia y la Lócrida, y que el ejército naval de la confederación esperase al de los persas en un estrecho formado por las costas de Tesalia y las de Eubea. Los atenienses que debían armar un número de galeras mucho más considerable que el de los lacedemonios, para evitar las consecuencias tuvieron a bien desistir de sus pretensiones al mando de la escuadra, cediéndolo a estos últimos. Eligieron por general a Euribíades, quedando sometido a sus órdenes Temístocles y los jefes de las demás naciones. Tomadas estas medidas, todas las naves se reunieron cerca de un paraje llamado Artemisio, en la costa septentrional de la Eubea.
Enterado Leónidas de la resolución de la dieta, únicamente llevó consigo trescientos espartanos, cuyos sentimientos conocía. Aquellos valientes celebraron de antemano su muerte, algunos días después, con un combate fúnebre, y terminada esta ceremonia, salieron de la ciudad, seguidos de sus parientes y amigos, de quienes recibieron eternas despedidas.
Al pasar por las tierras de los tebanos, cuya fe era dudosa, el rey de Esparta recibió de ellos cuatrocientos hombres, con los cuales fue a apostarse en las Termópilas. Llegáronle en breve incesantemente tropas, más o menos numerosas, de diferentes ciudades, y con ellas hicieron ascender sus fuerzas a más de siete mil hombres.
Apenas había tomado Leónidas estas disposiciones para oponerse al paso del inmenso ejército de Jerjes, cuando se vio a este cubrir con sus tiendas la vasta llanura de Traquinia. Espantados de este espectáculo, la mayor parte de los jefes propusieron retirarse al istmo de Corinto; pero Leónidas desechó este parecer y contentose con enviar correos para acelerar la llegada de los socorros de las ciudades aliadas.
Atónito Jerjes al ver la tranquilidad de los lacedemonios, esperó algunos días para darles tiempo a la reflexión, y al quinto escribió a Leónidas diciendo: «Si quieres someterte, te daré el imperio de la Grecia». Y Leónidas respondió: «Quiero más morir por mi patria que esclavizarla». Dirigiole Jerjes otra carta diciéndole: «Entrégame tus armas», y Leónidas escribió en el reverso: «Ven a tomarlas».