Jerjes, furioso de cólera, hizo marchar a los medos y a los sirios con orden de que cogiesen y le llevasen vivos los trescientos espartanos, a que creía estar reducidas las fuerzas de Leónidas. Fueron entonces corriendo algunos soldados de este príncipe a decirle: «Los persas están cerca de nosotros». Y él respondió fríamente: «Decid más bien que nosotros estamos cerca de ellos». Sale inmediatamente de sus atrincheramientos, con lo escogido de sus tropas, y da la señal del combate: las primeras filas de los medos caen traspasadas de heridas, y otras que las reemplazan experimentan igual suerte. Suceden nuevas tropas a las primeras, pero después de repetidos e infructuosos ataques, emprenden por fin la fuga con desorden. Avanza contra los griegos la tropa de los diez mil inmortales, hácese el combate más sangriento, y por último se retiran después de haber sufrido una pérdida horrorosa.
Al siguiente día comenzó de nuevo el combate, pero con tan poco éxito como los primeros por parte de los persas. Desesperaba ya Jerjes de forzar el paso de las Termópilas, cuando un habitante del país, llamado Epialtes, fue a descubrirle un sendero por el cual podía cercar a los griegos. Enajenado Jerjes de contento, hizo partir inmediatamente el cuerpo de los inmortales dirigido por aquel guía: favorecidos por las tinieblas de la noche, penetran por un espeso bosque y llegan hacia los sitios donde Leónidas había puesto un destacamento compuesto del contingente de los focidios. Habiéndose replegado esta tropa de bravos sobre las alturas vecinas, continúan los persas su marcha. Aquella noche supo Leónidas, por unos desertores de los persas, el proyecto de estos, y a la mañana siguiente uno de sus centinelas avanzados, que se retiró del monte, le enteró de la aproximación del enemigo. En tan crítica situación, envió fuera de los desfiladeros las tropas aliadas, y quedose únicamente con sus espartanos, y los tespienses y tebanos, que juraron no abandonarle.
Desesperando de poder defender las Termópilas, toma la audaz resolución de marchar a la tienda de Jerjes e inmolar a este príncipe o perecer en medio de su campo; lo propone a sus soldados y todos le siguen gozosos: les hace tomar una comida frugal, y añade: pronto tomaremos otra con Hades.
Próximo ya a atacar al enemigo, enterneciose en pensar en la suerte de dos espartanos parientes y amigos suyos; y habiendo dado una carta al uno, y al otro una comisión secreta para los magistrados de Lacedemonia: «No estamos aquí», le dicen ambos, «para llevar órdenes, y sí para pelear», y sin esperar respuesta fueron a colocarse en las filas que les estaban señaladas.
Salen los griegos a media noche del desfiladero, capitaneados por Leónidas; arrollan los puestos avanzados del enemigo, penetran en la tienda de Jerjes, que acaba de dejarla, entran sin detención en las inmediatas, y esparcen por todo el campamento el terror y la carnicería. Reúnense en fin los persas y atacan a sus enemigos por todas partes, y cae Leónidas bajo una nube de dardos. Después de un terrible combate, los griegos se apoderan del cuerpo de su general, rechazan por cuatro veces al enemigo, consiguen llegar al desfiladero y, saltando el atrincheramiento, van a situarse sobre la pequeña colina que está cerca de Antela. Allí, después de haberse defendido con el más heroico valor contra las tropas que los cercaban, perecieron todos a manos de sus enemigos.
Perdonad, oh sombras generosas; perdonad a la debilidad de mis expresiones. Yo os ofrecí un homenaje más digno cuando estuve en esta colina donde exhalasteis el último suspiro; y, recostado en uno de vuestros sepulcros, regué con mis lágrimas los parajes teñidos con la sangre vuestra. Hecho esto, ¿qué podría añadir la elocuencia a este sacrificio tan grande como extraordinario? Vuestra memoria subsistirá mucho más tiempo que el imperio de los persas, a quienes resististeis, y hasta el fin de los siglos vuestro ejemplo excitará en el corazón de los que aman a su patria el entusiasmo de la admiración.
El sacrificio de Leónidas y sus compañeros produjo mejor efecto que la victoria más brillante, pues enseñó a los griegos el secreto de sus fuerzas, y a los persas el de su debilidad.
Mientras Jerjes estaba en las Termópilas, su armada naval, después de haber experimentado una violenta tempestad en que se perdieron cuatrocientas galeras y muchos barcos de transporte, fue a anclar a unas dos leguas de distancia de la escuadra griega, encargada de la defensa del paso entre la Eubea y tierra firme. Al acercarse aquella, esta resolvió abandonar el estrecho, pero Temístocles la hizo detenerse allí, hasta que, habiendo sabido el paso de las Termópilas por los persas, se retiró en buen orden a la isla de Salamina.
En tanto, el ejército terrestre de los griegos se había situado en el istmo de Corinto, y solo pensaba ya en disputar la entrada en el Peloponeso. Esta medida contrariaba el sistema de defensa adoptado por Temístocles, y a fin de que renunciasen a ella los atenienses les dice que es preciso abandonar los lugares que la cólera celestial entregaba al furor de los persas; que su escuadra por sí sola es un asilo seguro, y apoya en fin sus discursos en los oráculos que ha logrado de la Pitia.
El pueblo se deja persuadir, y entonces expide un decreto mandando que la ciudad quede bajo la protección de Atenea: que todos los habitantes de armas tomar pasasen a las naves, y que cada particular cuidase de su mujer, sus hijos y sus esclavos. Ejecutose sin dilación este decreto: los soldados se embarcaron en la escuadra; los hombres de edad avanzada, las mujeres y los niños fueron conducidos en otras naves a Egina, a Trecén y a Salamina, y aquellos ancianos que por sus achaques no podían embarcarse, quedaron en la ciudad poseídos del dolor de verse separarados de sus familias desoladas.