Jerjes salía entonces de las Termópilas y entraba en la Fócida, cuyas campiñas fueron taladas y las ciudades destruidas. Sometiose la Beocia, a excepción de Platea y Tespias que fueron arrasadas.
Después de haber devastado el Ática, entraron los bárbaros en Atenas, donde solo hallaron algunos ancianos que esperaban la muerte, y un corto número de ciudadanos resueltos a defender la ciudadela. Rechazaron durante algunos días los ataques repetidos de los sitiadores, pero al fin vencieron estos, que saquearon la ciudad y la entregaron a las llamas.
Este incendio causó una impresión tan viva en el ejército de los griegos, cuya escuadra fondeaba en las costas de Salamina, a corta distancia de la de los persas, que la mayor parte de los jefes resolvieron acercarse al istmo de Corinto, donde se habían atrincherado las tropas del ejército terrestre. Debía efectuarse la marcha en el día siguiente y durante la noche, que era la del 18 al 19 de octubre del año 480 antes de J. C. Temístocles se avistó con el lacedemonio Euribíades, almirante de escuadra, y trató de disuadirle del designio de abandonar la posición que se había tomado. Euribíades convoca inmediatamente el consejo de generales, opónense todos contra el dictamen de Temístocles, y en medio de sus acaloradas y tumultuosas discusiones, el general lacedemonio levantó su bastón para herirle, pero Temístocles en lugar de irritarse por tal ultraje, le dice con serenidad: «Descarga, pero escucha». Este rasgo de grandeza de alma asombra al espartano, hace reinar el silencio, y Temístocles, recobrando su ascendiente, patentiza al consejo con razones convincentes que el interés de todos los griegos se funda en combatir a los persas en Salamina. Su discurso, y más que todo su firmeza y su serenidad, persuadieron de tal suerte a Euribíades que al punto mandó que permaneciese la escuadra cerca de las costas de Salamina.
Los mismos intereses se trataban al mismo tiempo en ambas escuadras. Jerjes, después de haber oído el dictamen de jefes de su escuadra, entre los cuales se hallaban los reyes de Sidón, de Chipre y de Tiro, Artemisia, reina de Halicarnaso, y otros muchos soberanos tributarios, mandó que avanzase la escuadra hacia la isla de Salamina, y su ejército de tierra hacia el istmo de Corinto.
Este movimiento hizo adoptar a la mayor parte de los generales de la escuadra griega el designio de ir al socorro del Peloponeso, y Temístocles, cuyo dictamen prevaleció en el consejo, despachó durante la noche un hombre encargado de anunciar de su parte a los jefes de la escuadra enemiga que una parte de los griegos, con el general de los atenienses al frente, estaban dispuestos a declararse por el rey; que los otros, sobrecogidos de espanto, trataban de hacer una pronta retirada, y que debilitados por sus divisiones, si se viesen de repente rodeados del ejército persa, serían forzados a rendir sus armas o volverlas contra ellos mismos.
Engañados los persas con esta relación, avanzan a favor de las tinieblas de la noche, y bloquean todas las salidas del estrecho por donde hubieran podido escaparse los griegos. Arístides, que poco antes había sido llamado a su patria levantándole el destierro, pasaba a la sazón desde la isla de Egina al ejército de los griegos. Advirtió el movimiento de los persas, y luego que hubo llegado a Salamina se fue al paraje donde los jefes estaban reunidos e hizo llamar a Temístocles, y le dijo: «Un solo interés debe animarnos hoy, que es el de salvar la Grecia, tú dando órdenes y yo ejecutándolas. Decid a los griegos que no se trata ya de deliberar, y que el enemigo acaba de hacerse dueño de los pasos que pudieran favorecer su fuga». Así dice, y enterado de la estratagema de Temístocles, entra en el consejo donde fue confirmada su relación por otros testigos oculares que llegaban a cada instante. Disolviose inmediatamente la junta, y solo se trató ya de prepararse para el combate.
Queriendo Jerjes animar con su presencia a su armada, se situó en una altura inmediata al estrecho, rodeado de secretarios que debían describir todas las circunstancias de la batalla, y apenas se dejó ver cuando las dos alas de su escuadra se pusieron en movimiento.
La suerte de la acción que iba a darse dependía de lo que pasase en el ala derecha de los griegos y a la izquierda de los persas, porque allí se encontraban los atenienses y fenicios, siendo mandados estos por un hermano de Jerjes. Muévense ambas escuadras: unos y otros se acometen y rechazan en el desfiladero, siendo Temístocles testigo de todos los peligros y riesgos. Se arroja en fin impetuosamente una galera ateniense sobre el almirante fenicio; el joven príncipe hermano de Jerjes se abalanza indignado sobre ella, cae al punto acribillado de heridas, y su muerte esparce la consternación entre los fenicios; reina una confusión horrible que dispersa sus naves; los chipriotas y otras naciones de oriente quieren restablecer el combate, aunque en vano, y después de una larga resistencia se dispersan como los fenicios.
Poco satisfecho aún de esta ventaja, Temístocles condujo su ala victoriosa al socorro de los lacedemonios y de los otros aliados que se defendían contra los jonios. Estos, de los cuales muchos se reunieron a los griegos durante la batalla, combatieron con mucho valor sin pensar en la retirada hasta que se vieron encima todas las fuerzas enemigas. Entonces la reina Artemisia, rodeada de las naves griegas, no titubeó en echar a pique un buque de la escuadra de Jerjes. Un capitán ateniense, que la iba al alcance, se creyó por esta maniobra que la reina desertaba del partido de los persas y dejó de perseguirla, por lo cual Jerjes, persuadido de que la nave perdida era de los griegos, no pudo menos de decir que en aquel día los hombres se habían portado como mujeres, y las mujeres como hombres.
El ejército vencido se retiró al puerto de Falero después de haber perdido un gran número de naves; al paso que la pérdida de los griegos no ascendió de cuarenta galeras.