Este fue el fin de la guerra de Jerjes, conocida más bien bajo el nombre de guerra meda. Duró dos años, y los pueblos respiraron en fin. Los atenienses se restituyeron a su ciudad, reedificaron sus murallas, a pesar de las quejas de los aliados que empezaban a tener celos de la gloria de aquel pueblo, y, no obstante las representaciones de los lacedemonios, cuyo dictamen era el de desmantelar las plazas de la Grecia situadas fuera del Peloponeso, temerosos de que en una nueva invasión sirviesen de retiro a los persas. Temístocles supo conjurar hábilmente la tempestad que en esta ocasión amenazaba a los atenienses, empeñándoles además a que formasen en el Pireo un puerto guarecido de un terrible recinto, y construir cada año un cierto número de galeras.
Al mismo tiempo, una escuadra numerosa de los aliados, comandada por Pausanias, obligaba al enemigo a abandonar la isla de Chipre y la ciudad de Bizancio, situada en el Helesponto; pero estos resultados completaron la ruina de Pausanias, pues orgulloso de su gloria no se mostró ya a los ojos de los aliados sino como un duro e insolente sátrapa, y así es que se vio a los pueblos confederados proponer a los atenienses el combatir bajo sus órdenes.
Sabedores los lacedemonios de esta sublevación, llamaron luego a Pausanias, le despojaron del mando y de allí a poco tiempo le dieron muerte, mediante pruebas de que había estado en correspondencia con el rey de Persia. Este castigo no bastó para aplacar a los aliados, pues lejos de estar acordes se negaron a reconocer al sucesor de Pausanias.
En tan críticas circunstancias los lacedemonios deliberaron sobre el partido que habían de tomar. Entonces se les vio renunciar al antiguo derecho que tenían de mandar los ejércitos, y ceder a los atenienses el imperio del mar, y el cargo de continuar la guerra contra los persas.
Determinadas todas las naciones por este generoso sacrificio, pusieron sus intereses en manos de Arístides, quien, después de haber repartido con la mayor equidad las contribuciones que debían pagar aquellos pueblos, resolvió atacar sin dilación a los persas. Mientras que este ilustre ateniense se adquiría el aprecio universal, elevándose por su mérito al primer lugar entre los griegos, Temístocles se hacia odioso tanto a los lacedemonios como a los aliados: a los primeros por haber dispuesto que fuesen admitidos en la asamblea de los anfictiones los pueblos que habían abrazado el partido de Jerjes, y a los segundos por las exacciones que hacía en el mar Egeo. Quejáronse además una multitud de particulares, los unos de sus injusticias, los otros de las riquezas que había adquirido, y todos del extremado deseo que tenía de dominar. Al fin prevalecieron sobre sus servicios tantos enemigos, y, siendo desterrado, se retiró al Peloponeso; pero acusado luego de que estaba en correspondencia criminal con Artajerjes, sucesor de Jerjes, le persiguieron de ciudad en ciudad, y precisado a refugiarse entre los persas, murió muchos años después.
Los atenienses apenas conocieron esta pérdida, pues tenían a Arístides y a Cimón, hijo de Milcíades. Encargado este del mando de la escuadra griega, sale del Pireo con trescientas galeras, y obliga con su presencia y sus armas a las ciudades de Caria y de Licia a que se declaren contra los persas. Encuentra luego a la altura de la isla de Chipre la escuadra de estos últimos, echa a pique una parte de ella, y se apodera del resto. Aquella misma noche desembarca en las costas de Panfilia, ataca al ejército enemigo, lo dispersa y vuelve a su escuadra con un número prodigioso de prisioneros y de inmensos despojos.
Esta doble victoria, la conquista de la península de Tracia, que se verificó a continuación, y algunas otras ventajas de que aquellas fueron precursoras, aumentaron sucesivamente la gloria de los atenienses y las confianzas que tenían en sus fuerzas. Acreció aún más su poder con el abandono que los aliados hicieron de sus naves, y la toma de las islas de Esciros, de Naxos y de Tasos, cuyos habitantes, exasperados por su orgullo, se habían separado de ellos mirándose como independientes.
Los socorros que dieron a los lacedemonios contra sus esclavos sublevados en algunas ciudades de la Laconia, que se habían dejado llevar de la rebelión, dieron motivo entre ellos y Lacedemonia a un encono que producía funestas guerras. Creyeron advertir los lacedemonios que los generales atenienses estaban en correspondencia con los sublevados, y bajo pretextos plausibles les rogaron que se retirasen; pero los atenienses, irritados de semejantes sospechas, rompieron el tratado que les unía a los lacedemonios desde el principio de la guerra meda, y se apresuraron a celebrar otro con los argivos sus enemigos.
(Año 462 antes de J. C.) Aumenta de día en día la ambición de Atenas. Al mismo tiempo que enviaba socorros al rey de Egipto contra los persas, sus tropas hostilizaban a los pueblos de Corinto y de Epidauro, triunfaban de los beocios y sicionios; dispersaban la escuadra del Peloponeso; precisaban a los habitantes de Egina a entregar sus naves, a demoler sus murallas y pagarles un tributo, y a Tesalia a restablecer un príncipe desgraciado sobre el trono de sus padres.
No hacían entonces directamente la guerra a Lacedemonia los atenienses, pero ejercían contra ella y sus aliados frecuentes hostilidades. De concierto con los argivos, quisieron un día oponerse al regreso de un cuerpo de tropas que por intereses particulares habían atraído del Peloponeso a Beocia; pero fueron batidos, y los lacedemonios continuaron tranquilamente su marcha. Temiendo entonces Atenas un rompimiento, llamó sin tardanza a Cimón, a quien había desterrado algunos años antes.