(Año 450 antes de J. C.) Este grande hombre de regreso a su patria empeñó sus conciudadanos a firmar una tregua de veinte años, pero no encontrándose ya bien con el reposo que gozaban, se apresuró a llevarlos a Chipre, donde logró tan grandes ventajas contra los persas, que obligó a Artajerjes a pedir la paz bajo condiciones las más humillantes. Mas no gozó por mucho tiempo de su gloria, pues terminó sus días en Chipre, siendo su muerte el término de las prosperidades de los atenienses.

SECCIÓN TERCERA.

Siglo de Pericles, desde el año 444 hasta el 404 antes de J. C.

Pericles, ateniense de ilustre nacimiento y posesor de grandes riquezas, consagró sus primeros años al estudio de la filosofía, sin mezclarse en los negocios públicos, ni manifestar otra ambición que la de distinguirse por el valor. Cuando empezó a dejarse ver en la tribuna, sus primeros ensayos admiraron a los atenienses. Debía a la naturaleza el ser un hombre el más elocuente, y a la aplicación y al estudio el primero de los oradores de la Grecia.

Conocía muy bien Pericles el carácter de su nación, y por tanto no solo fundaba sus esperanzas en el talento de la palabra, sino que era también el primero que respetaba la excelencia de este talento. Antes de presentarse en público, se advertía a sí mismo en secreto, que iba a hablar a hombres libres, a griegos, a atenienses.

Apartábase no obstante cuanto podía de la tribuna; porque atento siempre a seguir con lentitud el plan de su elevación, temía elevar demasiado pronto la admiración del pueblo hasta aquel punto de donde ya es preciso descender. Júzguese pues si merecía la confianza que no ambicionaba un orador que desdeñaba unos aplausos de los que estaba seguro. Concibiose una alta idea del poder que tenía sobre sí mismo cuando, un día que la asamblea se alargó hasta la noche, vieron a un simple particular insultarle sin cesar, seguirle hasta su casa injuriándole, y a Pericles mandar fríamente a uno de sus esclavos que tomase un hachón y acompañase a su ofensor hasta su propia casa.

No solamente entusiasmó Pericles a los atenienses con su talento sino también con sus eminentes virtudes, propias de todas las circunstancias en que se vio, siendo esto el principio de su elevación y sus honores. Así es que supo mantenerla en el decurso de cerca de cuarenta años, en una nación ilustrada, celosa de su autoridad, y que se cansaba tan fácilmente de su administración como de su obediencia.

Al principio dividió el favor público con Cimón: este se hallaba al frente de los nobles y los ricos, y Pericles se declaró por la multitud que él despreciaba, y que le dio un partido considerable. Para hacerla enteramente de su parte, llenó la ciudad de Atenas de obras clásicas, asignó pensiones a los ciudadanos pobres, distribuyoles una parte de las tierras conquistadas, multiplicó las fiestas y concedió un derecho de presencia a los jueces, y a los que asistieren a los espectáculos y a las asambleas generales. El tesoro de los atenienses y el de los aliados sufragaban a todos estos gastos, pero el pueblo, no viendo más que la mano que daba, cerraba los ojos para no ver la fuente de donde aquella mano se surtía. Mediante el crédito que se adquirió, hizo desterrar a Cimón, falsamente acusado de comunicaciones sospechosas con los lacedemonios, y bajo frívolos pretextos destruyó la autoridad del Areópago, que se oponía con vigor a las innovaciones y la introducción de las malas costumbres.

Después de la muerte de Cimón, trató su cuñado de reanimar el partido vacilante de los principales ciudadanos, y durante algún tiempo mantuvo el equilibrio, pero al fin terminó su empresa siendo desterrado.

Desde este momento varió Pericles de sistema. Después de haber subyugado, por medio de la multitud, la facción de los ricos, subyugó a la multitud misma reprimiendo sus caprichos, ya con una oposición invencible, y ya con la sabiduría de sus consejos o los encantos de su elocuencia. Cuanto más aumentaba su poder, menos prodigaba su crédito y su presencia. Limitado al trato de unos cuantos parientes y amigos, desde lo interior de su retiro, velaba sobre todas las partes del gobierno, mientras solo se le creía ocupado en pacificar o trastornar la Grecia.