Extendió los dominios de la república con victorias brillantes, pero cuando vio que el poder de los atenienses había llegado a cierta elevación creyó que sería una vergüenza el permitir que se debilitase, así como una desgracia el procurar su mayor aumento. Este pensamiento fue la norma de todas sus operaciones, y el triunfo de su política, el haber tenido a los atenienses en la inacción durante mucho tiempo, a los aliados en la dependencia y a los lacedemonios en el respeto.
Era natural que tuviese Pericles un gran número de enemigos, no solamente entre las naciones de la Grecia, a las cuales se había hecho odioso y temible, sino también entre los mismos atenienses. Los de Atenas, no pudiendo atacarle directamente, dirigieron sus tiros contra aquellas personas que habían merecido su protección o su amistad. Fidias, encargado de la dirección de los soberbios monumentos de Atenas, fue acusado de haber sustraído una parte del oro con que debía adornar y enriquecer la estatua de Atenea; justificose de la calumnia, mas no por esto dejó de morir en una prisión. Anaxágoras, quizás el más religioso de los filósofos, fue citado ante la justicia por crimen de impiedad y precisado a huir. La esposa, la tierna amiga de Pericles, la célebre Aspasia, acusada de haber ultrajado la religión con sus discursos y las costumbres con su conducta, defendió por sí misma su causa, y las lágrimas de su esposo apenas pudieron salvarla de la severidad de los jueces.
Estos ataques no eran más que el preludio de los que hubiera sufrido personalmente, cuando un suceso imprevisto aseguró su autoridad.
Hacía algunos años que Córcira estaba en guerra con Corinto, de donde traía su origen; los atenienses, admitiendo esta isla en su alianza, la dieron socorros, y los corintios declararon que aquellos habían quebrantado la tregua estipulada algunos años antes. Potidea, una de las colonias de Corinto, abrazó el partido de los atenienses, y estos, sospechando de su fidelidad, mandaron que entregasen los rehenes, que demoliesen sus murallas y que arrojasen los magistrados que recibían cada año de su metrópoli; pero habiéndose negado a ello Potidea, y noticiosos de que se había reunido a la liga del Peloponeso, la sitiaron los atenienses. Algún tiempo antes habían estos prohibido bajo leves pretextos la entrada en sus puertos y mercados a los de Mégara, aliados de Lacedemonia, al mismo tiempo que otras ciudades se quejaban amargamente de la pérdida de sus leyes y de su libertad. Corinto escuchó sus quejas y supo empeñarles a tomar venganza de los lacedemonios, jefes de la liga del Peloponeso. Llegan pues a Lacedemonia los diputados de aquellas diferentes ciudades, los juntan y exponen sus agravios con tanta acrimonia como vehemencia. Habían ido también a Lacedemonia otros diputados de Atenas a tratar de diversos negocios, y pidieron la palabra para responder a las acusaciones que acababan de oír; mas los lacedemonios no eran sus jueces, y por tanto querían reducir la asamblea a suspender una decisión que podía tener las consecuencias más funestas. Concluido su discurso, en que recordaron las batallas de Maratón y de Salamina, y todo cuanto habían hecho por la libertad de la Grecia, salieron los embajadores de la asamblea.
Después de su ausencia, el rey Arquidamo, que a una profunda sabiduría reunía una larga experiencia, conociendo por la agitación de los espíritus que la guerra era inevitable, quiso retardar el momento de su declaración, y al efecto pronunció un discurso en que, después de haber expuesto las dificultades y los peligros, propuso que se entablase con los atenienses una negociación capaz de arreglar las cosas cual deseaban los aliados. Sus reflexiones hubieran detenido acaso a los lacedemonios si, para estorbar su efecto, uno de los éforos, llamado Estenelaidas, no le hubiese incitado a opinar en el acto por la guerra contra los atenienses, opresores de la libertad de los pueblos. Así que hubo hablado la mayoría de los concurrentes, decidió que los atenienses habían quebrantado la tregua, y se acordó convocar una junta general de los diputados de las ciudades del Peloponeso para resolver definitivamente.
Al llegar estos diputados, se puso de nuevo el asunto en deliberación y decidiose la guerra a pluralidad de votos, pero no estando aún en disposición de comenzarla, se encargaron los lacedemonios de enviar embajadores a Atenas para exponer allí las quejas de la liga del Peloponeso. Enviaron sucesivamente tres embajadores, y todos ellos se retiraron sin haber podido alcanzar nada de los atenienses, a quienes Pericles impelía a la guerra aún con más calor, aunque eran provocados a ella por los lacedemonios. (Año 431 antes de J. C.) Desde aquel momento se ocuparon por una y otra parte en hacer preparativos para una guerra la más larga y funesta que jamás ha desolado la Grecia, pues duró veintisiete años.
Los lacedemonios tenían de su parte a los beocios, focidios y locrios, los de Mégara, de Ambracia, Leucadia, Anactorio y todo el Peloponeso, excepto los argivos que se quedaron neutrales.
Por parte de los atenienses estaban las ciudades griegas situadas en las costas del Asia, las de Tracia y del Helesponto, casi toda la Acarnania, algunos otros pueblos pequeños y casi todos los isleños, excepto los de Melos y de Tera. Además de estos socorros, podían ellos mismos suministrar a la liga más de dieciséis mil hombres. Las mismas fuerzas, poco más o menos, de gente escogida entre ciudadanos muy jóvenes o muy viejos y extranjeros, se encargaron de la defensa de la ciudad y de las fortalezas del Ática. Para hacer frente a los gastos de armamento y demás de la guerra, había depositados en la ciudadela seis mil talentos, contando además con otros quinientos que podían adquirir valiéndose de diferentes recursos.
Comenzó Arquidamo la campaña avanzando hacia el Ática al frente de sesenta mil hombres. Antes de entrar en aquel territorio, quiso entablar una negociación con los atenienses, y no habiendo sido recibido su embajador, marchó adelante esparciendo por todas partes el estrago y la desolación; pero en breve se vio precisado a la retirada a causa de no encontrar subsistencia para sus tropas. Pericles, por su parte, hizo marchar hacia el Peloponeso una escuadra de cien velas que taló todas las costas, y a su vuelta tomó la isla de Egina. Tales fueron los principales acontecimientos de esta primera campaña. Las que siguieron no ofrecen tampoco más que una continuación de acciones particulares, de rápidas correrías y de empresas que parecen ajenas del objeto que unos y otros se proponían.
En el año séptimo de la guerra, los lacedemonios, por salvar un destacamento de soldados que los atenienses tenían sitiados en una isla, entregaron sesenta galeras bajo condición de que les serían restituidas si fuese desechada su demanda, pero no habiendo sido entregados los prisioneros por los atenienses, ni devueltas por estos las galeras, quedó así destruida la marina del Peloponeso, y no se restableció hasta el año veinte de la guerra cuando el rey de Persia se obligó a mantenerla mediante tratados. Entonces las naves de los lacedemonios cubrieron los mares; las dos naciones midieron sus fuerzas, y después de una alternativa de prosperidades y reveses, el poder de la una cedió a la potencia de la otra.