No tardaron los atenienses en revocar el decreto del destierro de Alcibíades: pónese entonces al frente de ellos, somete las plazas del Helesponto, obliga a los gobernadores del rey de Persia a firmar un tratado ventajoso para los atenienses, y Lacedemonia a pedirles la paz, cuya petición fue desechada, porque creyéndose en adelante invencibles bajo el mando de Alcibíades, habían pasado rápidamente de la consternación más profunda a la más insolente presunción.
Cuando este general volvió a su patria, su llegada a ella, su mansión y la prisa que se dio para justificarse fueron para él una serie continuada de triunfos y de fiestas para el pueblo; y cuando le vieron salir del Pireo con una escuadra de cien naves, nadie dudó que los pueblos del Peloponeso sufrirían en breve la ley del vencedor, y que a continuación anunciaría un correo la conquista de la Jonia.
Engolfados se hallaban en tan lisonjeras esperanzas, cuando se supo que quince galeras atenienses habían caído en poder de los lacedemonios, a causa de un combate dado en ausencia y contra las órdenes de Alcibíades, y en ocasión que este había pasado a la Jonia obligado de la necesidad de exigir contribuciones para el mantenimiento de las tropas. A la primera noticia de este revés, volvió atrás y presentó la batalla al vencedor que no se atrevió a aceptarla. Había reparado el honor de Atenas y la pérdida era corta; pero bastó para que sus enemigos lograsen irritar al pueblo, que le quitó el mando de los ejércitos.
La guerra continuó durante algunos años, siempre por mar, y concluyose con la batalla de Egospótamos, ganada por los lacedemonios en el estrecho del Helesponto. Lisandro, que los mandaba, sorprendió a la escuadra ateniense y se hizo dueño de ella cogiendo tres mil prisioneros (año 405 antes de J. C.).
La pérdida de esta batalla trajo consigo la de Atenas, que después de un sitio de algunos meses se rindió por falta de víveres. Sus habitantes fueron condenados no solamente a demoler las fortificaciones del Pireo, sino también a entregar sus galeras a excepción de doce; a llamar a los desterrados, a sacar las guarniciones de las ciudades de que se habían apoderado, y a seguir a sus vencedores por mar y por tierra inmediatamente que se les mandase.
Sus murallas fueron destruidas al son de música, y algunos meses después les fue permitido el elegir treinta magistrados, que en lugar de establecer una nueva forma de gobierno usurparon la autoridad.
Protegían abiertamente sus injusticias las tropas lacedemonias que les facilitó Lisandro, y tres mil ciudadanos, que se asociaron para afirmar su potencia. La nación desarmada cae de repente en el exceso de la servidumbre y el destierro, las cadenas y la muerte son el patrimonio de aquellos que se atreven a quejarse contra la tiranía, o que parece la condenan con su silencio. Esta opresión no duró más de ocho meses, y en este corto espacio de tiempo más de mil quinientos ciudadanos fueron degollados y privados de los honores fúnebres; la mayor parte abandonó una ciudad donde las víctimas y los testigos de la opresión no se atrevían a manifestar sus quejas.
Hallábase entonces Alcibíades en un lugar de la Frigia, bajo el gobierno de Farnabaces, que le dio pruebas de distinción y amistad. Creíase en perfecta seguridad, cuando de repente cercan su casa unos asesinos enviados por el sátrapa, y no teniendo valor para invadirla, le pegan fuego. Arrójase él con espada en mano por entre las llamas, aparta a los bárbaros, y cae muerto entre una lluvia de dardos; siendo entonces de edad de cuarenta años.
Estaba reservada a Trasíbulo la gloria de libertar a su patria. Este generoso ciudadano, puesto por su mérito a la cabeza de aquellos que habían huido, se apoderó del Pireo y llamó al pueblo a la independencia. Algunos de los opresores perecieron con las armas en la mano y otros fueron condenados a muerte. Publicose una amnistía general, y bastó para restablecer el orden y la tranquilidad en Atenas. Algunos años después sacudió esta ciudad el yugo de Lacedemonia, restableció su gobierno, y aceptó el tratado de paz que celebró con Artajerjes el espartano Antálcidas. Por este tratado, las colonias griegas del Asia menor y algunas cercanas fueron abandonadas a la Persia, y los demás pueblos de la Grecia recobraron sus leyes y su independencia. Así terminaron las desavenencias causadas por las guerras de los medos y del Peloponeso.
REFLEXIONES SOBRE EL SIGLO DE PERICLES.