Al principio de la guerra del Peloponeso debieron sorprenderse extraordinariamente los atenienses al verse tan diferentes de lo que fueron sus padres. El mérito no obtuvo en breve más que una débil estimación, y todas las consideraciones fueron reservadas para el crédito: todas las pasiones se dirigieron hacia el interés personal, y todas las fuentes de corrupción se derramaron con profusión por el estado. El amor, que antes se cubría con el velo del himeneo y del pudor, encendió abiertamente fuegos ilegítimos: multiplicose en el Ática y en toda la Grecia el número de mujeres públicas, venidas la mayor parte de ellas de la Jonia, y Pericles, testigo ocular del abuso que favorecía sus miras ambiciosas, no trató de corregirlo como debiera. La célebre Aspasia, natural de Mileto, en Jonia, su querida y después su esposa, favoreció sus miras con sus gracias, su belleza y su talento. Ella se atrevió a formar una reunión de cortesanas, cuyos atractivos debían atraer a los jóvenes atenienses al partido de Pericles. Desencadenáronse contra ella los poetas cómicos, mas no la impidieron que reuniese en su casa la más lucida tertulia de Atenas.

Pericles autorizó el libertinaje, Aspasia lo propagó, y Alcibíades lo hizo amable: la nación, arrastrada por los encantos de este ateniense, se hizo cómplice de sus extravíos, y a fuerza de excusarlos acabó por defenderlos, de modo que su funesta influencia sobre las costumbres públicas subsistió mucho después de su muerte.

Hacia el tiempo de la guerra del Peloponeso, y cuando el desenfreno progresaba de día en día, la naturaleza redobló sus esfuerzos y prodigó repentinamente muchos genios en todos géneros. Atenas dio muchos a luz, y vio venir aún mayor número a solicitar allí los honores de su aprobación. Sófocles, Eurípides y Aristófanes brillaban sobre la escena; Antifonte, Andócides y Lisias se distinguían en la elocuencia; Tucídides, movido aún por los aplausos que había merecido Heródoto cuando leyó su historia a los atenienses, se disponía para merecer otros semejantes. Sócrates transmitía una doctrina sublime a unos discípulos, de que muchos han fundado escuelas; hábiles generales hacían triunfar las armas de la república: levantáronse los más soberbios edificios diseñados por los más sabios arquitectos; y los pinceles de Polignoto, de Parrasio y Zeuxis, y los cinceles de Fidias y de Alcámenes hermoseaban a porfía los templos, los pórticos y las plazas públicas. Todos estos grandes hombres, todos aquellos que florecían en otros países de la Grecia, se reproducían en discípulos dignos de reemplazarlos, y era fácil prever que el siglo más corrompido sería en breve el siglo más ilustrado.

Las ciencias se manifestaban cada día con nuevas luces y las artes hacían nuevos progresos: la poesía no aumentaba su brillo, pero, conservando el que tenía, lo empleaba con preferencia en adornar las tragedias y la comedia, que llegaron de repente a su perfección. La historia, sujeta a las leyes de la crítica, desechaba lo maravilloso, discutía los hechos y llegaba a ser una lección poderosa que daba lo pasado a lo futuro. Las reglas de la lógica y de la retórica, las abstracciones de la metafísica, las máximas de la moral, fueron desenvueltas en unas obras que reunían a la regularidad de planes la exactitud de las ideas y la elegancia del estilo.

La Grecia debió en parte estos adelantos a la influencia de la filosofía, que salió de la oscuridad después de las victorias alcanzadas sobre los persas. Apareció Zenón y los atenienses se ejercitaron en las sutilidades de la escuela de Elea. Anaxágoras les trajo las luces de las de Tales, y empezábase a creer, en fin, que los eclipses, los monstruos y los diversos fenómenos o descarríos de la naturaleza no debían ya mirarse como prodigios; pero se veían en la dura precisión de decírselo unos a otros con reserva, porque el pueblo, acostumbrado a mirar estos fenómenos como avisos del cielo, se enconaba contra los filósofos que trataban de despreocuparle. Perseguidos y desterrados, aprendieron muy a costa suya que, para que la verdad sea admitida entre los hombres, no debe presentarse a cara descubierta sino deslizarse furtivamente en pos de los errores.

Las artes, no encontrando preocupaciones que combatir, alzaron de repente el vuelo. Hubo concursos en Delfos, en Corinto, en Atenas y en otros lugares; pero Atenas sobrepujó en magnificencia a todas las demás ciudades de la Grecia. En tiempo de Pericles empezó a introducirse el buen gusto por las artes entre un corto número de ciudadanos, y el de los cuadros y las estatuas entre las gentes pudientes. Desde entonces empezaron a apreciar y se estimuló con premios a los artistas que más se distinguían por sus obras. Los unos trabajaban gratuitamente por la república, y les concedieron honores y distinciones: otros se enriquecieron, ya formando discípulos, y ya exigiendo un tributo de aquellos que iban a sus talleres a admirar las obras excelentes de sus manos. Zeuxis llegó a tal estado de opulencia que, al fin de sus días, regalaba sus cuadros bajo pretexto de que nadie se encontraba en disposición de poder pagarlos.

Encontramos en Panticapea un bajel de Lesbos
pronto para hacerse a la vela. T. 1, P. 3. J. Amilla g.

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