No me es fácil manifestar la sensación que experimenté cuando se presentó insensiblemente a mis ojos en toda su extensión la mar denominada el Ponto-Euxino. Es un inmenso lago casi rodeado por todas partes de altas montañas, más o menos lejanas de su orilla, y en el cual cerca de cuarenta ríos vierten las aguas de una parte del Asia y de la Europa. En sus orillas habitan naciones que se diferencian entre sí por su origen, sus costumbres y lenguaje. Esta mar se ve con frecuencia cubierta de vapores sombríos y agitada por tempestades violentas, pero no es profunda sino hacia su parte oriental, donde la naturaleza ha abierto abismos insondables.
Temiendo Cleómedes alejarse de las costas, dirigió su rumbo hacia el oeste, y en seguida hacia el sur, y vimos de lejos la embocadura del Borístenes,[1] la del Istro,[2] y algunos otros ríos.
[1] Hoy día el Dniéper.
[2] Antiguo nombre del Danubio.
Un día el mismo Cleómedes, después de habernos hablado de la expedición del joven Ciro y del destierro de Jenofonte, nos hizo un elogio de Epaminondas, y refirió también la gloriosa revolución de los tebanos: «Ya sabréis», dijo a Timágenes, que estaba sorprendido de lo que oyó decir de Jenofonte, su antiguo general, y de Epaminondas, su compatriota, (año 404 antes de J. C.), «ya sabréis que por la toma de Atenas todas nuestras repúblicas se hallaron en algún modo esclavizadas por los lacedemonios. Las excelentes prendas de Agesilao y sus hazañas la amenazaban de una larga servidumbre, cuando el rey Artajerjes, que concibió el proyecto de llevar sus terribles fuerzas hasta el centro de aquellos estados, consiguió separar de Lacedemonia muchas ciudades de la Grecia. Tebas, Corinto, Argos y otros muchos pueblos formaron una liga poderosa y reunieron sus tropas en los campos de Coronea en Beocia (año 393 antes de J. C.). Vinieron muy pronto a las manos con los de Agesilao; venció este príncipe, y los tebanos tuvieron la gloria de retirarse sin emprender la fuga.
»Esta victoria consolidó el poder de Esparta, pero hizo estallar nuevas turbulencias y nuevas ligas entre los mismos vencedores, porque los unos estaban como cansados de vencer y los otros de la gloria de Agesilao. Estos últimos, teniendo al frente al espartano Antálcidas, propusieron al rey Artajerjes que diese la paz a las naciones de la Grecia: el tratado que se celebró obligaba a los tebanos a reconocer la independencia de las ciudades de Beocia, y estos, de concierto con los de Argos, no accedieron a él hasta que se vieron precisados por la fuerza.
(Año 382 antes de J. C.) »Algunos años después, el espartano Fébidas, pasando a la Beocia con un cuerpo de tropas, acampó delante de Tebas. La ciudad estaba dividida en dos bandos: Leontíades, jefe del partido adicto a los lacedemonios, empeñó a Fébidas a que se apoderase de la ciudadela, y para ello le facilitó los medios. Se estaba entonces en plena paz y era el momento en que los tebanos celebraban las fiestas de Deméter. Tan extraña perfidia se hizo aún más odiosa por las crueldades ejercidas contra aquellos ciudadanos que eran sumamente adictos a su patria. Cuatrocientos de ellos se acogieron a los atenienses, e Ismenias, jefe de aquel partido, sufrió la pena de muerte bajo vanos pretextos.
»Alzose un grito general en toda la Grecia, y los lacedemonios mismos se estremecieron de indignación. Leontíades, que había ido a Lacedemonia, tranquilizó los espíritus irritándolos contra los tebanos. Decidiose por fin que se conservase la ciudadela de Tebas, y que Fébidas pagase una fuerte multa». «Así», dijo Timágenes interrumpiendo a Cleómedes, «se aprovechó Lacedemonia del crimen, y castigó al culpable al mismo tiempo; mas ¿cuál fue la conducta de Agesilao?». «Acusáronle», respondió Cleómedes, «de haber sido el autor oculto de la empresa y del decreto que llevó a su colmo la iniquidad.
»Este decreto fue la época de la decadencia de los lacedemonios. La mayor parte de sus aliados los abandonaron, y tres o cuatro años después, los tebanos sacudieron un yugo odioso. Algunos ciudadanos intrépidos destruyeron una noche en un instante a los partidarios de la opresión, y secundando el pueblo sus esfuerzos fueron arrojados de la ciudadela los espartanos; uno de los desterrados, el joven Pelópidas, de ilustre nacimiento y distinguido por sus riquezas, fue uno de los primeros autores de esta conspiración famosa.
»A la noticia de estos acontecimientos hicieron los lacedemonios algunas irrupciones en Beocia; Agesilao condujo por dos veces sus tropas a aquel país y fue herido en una acción poco decisiva. Cada día conducía Pelópidas a los tebanos contra el enemigo y enseñábales a medir sus fuerzas en varias escaramuzas con los espartanos, cuya reputación temían no menos que su valor. Instruido por sus propias faltas y los ejemplos de Agesilao, en una de las campañas siguientes recogió el fruto de sus fatigas y reflexiones.