CAPÍTULO VIII.

Liceo. — Gimnasios. — Isócrates. — Palestras. — Funerales de los atenienses.

Fue otro día Apolodoro a invitarme para ir a pasear al Liceo. Acababa yo de leer un discurso de Isócrates, y encantado de mi lectura le rogué que me llevase a ver este grande orador, a lo cual me respondió: iremos a su casa cuando volvamos del Liceo.

Pasamos por el barrio de los pantanos, y saliendo por la puerta de Egeo seguimos una senda a lo largo del Iliso, torrente impetuoso o arroyuelo pacífico, que unas veces se precipita y otras se desliza corriendo mansamente al pie de una colina donde termina el monte Himeto, en el cual prosperan las abejas formando enjambres numerosos atraídos por el serpol y otras hierbas odoríferas que produce en abundancia: estos insectos, libando las flores, sacan de ellas precioso jugo, del cual hacen una miel estimada en toda la Grecia.

Después de haber vuelto a pasar por el Iliso, nos hallamos en un camino que va al Liceo: este es el nombre de uno de los tres gimnasios destinados por los atenienses a la instrucción de la juventud. Son los gimnasios unos vastos edificios rodeados de jardines, en medio de un bosque sagrado, y en ellos se ejercitan los jóvenes en la lucha y la carrera de a pie, cuyos ejercicios están mandados por la ley, sujetos a reglas, animados con los elogios de los maestros, y aún más todavía por la emulación de los discípulos. Toda la Grecia los mira como la parte más esencial de la educación, porque hacen al hombre ágil, robusto, capaz de sufrir las fatigas de la guerra y de resistir a las delicias de la paz.

El Liceo se ha ido aumentando y hermoseando sucesivamente. Las paredes están adornadas de pinturas preciosas. Apolo es la divinidad tutelar del lugar, y a la entrada se ve su estatua. Los jardines, que están hermoseados con frondosas y bien plantadas arboledas, fueron renovados en los últimos años de mi mansión en la Grecia; los poyos o asientos puestos bajo los árboles convidan a descansar en aquel sitio.

Después de haber asistido a los ejercicios de los alumnos, y pasado algunos momentos en las salas donde se agitaban cuestiones sucesivamente interesantes y frívolas, tomamos el camino que va desde el Liceo a la Academia, junto a los muros de la ciudad. Apenas habíamos dado algunos pasos, cuando encontramos a un anciano venerable que Apolodoro se alegró de ver y, habiéndole saludado, le preguntó a dónde iba. «Voy», le respondió el anciano con voz aguda, «a cenar en casa de Platón con Éforo y Teopompo que me aguardan en la puerta Dípilon». «Cabalmente ese es también nuestro camino», añadió Apolodoro, «y tendremos mucho gusto de acompañaros».

Entonces principiamos una conversación que me movió la curiosidad y el deseo de saber el nombre del anciano. Tenía una familia amable, salud robusta, un haber decente e innumerables discípulos; su nombre era célebre y sus virtudes le daban valimiento entre los más honrados ciudadanos de Atenas. A pesar de todas estas excelentes circunstancias se tenía por el hombre más infeliz porque la debilidad de su voz y una excesiva timidez le habían impedido llegar a ser magistrado, y aunque con sus lecciones y sus escritos había acelerado los progresos del arte oratoria de los sofistas audaces y los institutores ingratos que enseñaban en sus escritos los preceptos y los ejemplos, distribuyéndolos a sus discípulos, no por eso dejaban de ser estos los que más le desgarraban con sus lenguas.

Luego que se fue con Éforo y Teopompo, quienes le aguardaban, pregunté a Apolodoro, quien era aquel anciano tan modesto, con tanto amor propio, y tan desgraciado con tanta dicha. «Ese es Isócrates», me dijo, «en cuya casa entraremos a la vuelta. Se cree rodeado de enemigos y envidiosos porque unos autores, a quienes desprecia, no juzgan de sus escritos tan favorablemente como él mismo. Desgraciadamente, por un efecto de amor propio, sus obras, llenas por otra parte de admirables bellezas, suministran armas poderosas a la crítica. Su estilo es puro y fluido, lleno de dulzura y armonía, algunas veces pomposo y elegante, pero otras tan desabrido, difuso y sobrecargado de adorno que le afean. Disgusta a veces el ver un autor estimable humillarse hasta no ser otra cosa que un escritor sonoro, y reducido su arte al solo mérito de la elegancia. Isócrates no diversifica bastante los modos de su estilo, y así es que acaba entibiando y causando fastidio al que lee sus obras.

»Ha encanecido componiendo, corrigiendo, limando y rehaciendo un corto número de obras. Su panegírico de Atenas le costó, según dicen, diez años de tarea, mas a pesar de estos defectos, a que sus enemigos añaden otros muchos, sus escritos ofrecen giros felices y sanas máximas que servirán de modelo a los que tengan talento para estudiarlos. Éforo de Cime y Teopompo de Quíos pueden dar pruebas convincentes de ello. Después de haber dado vuelo al primero y reprimido la impetuosidad del segundo, ha destinado a entrambos a escribir la historia, y sus primeros ensayos hacen honor a la sagacidad del maestro y a los talentos de los discípulos».