Mientras Apolodoro me instruía en estos pormenores, atravesamos la plaza pública, y llevándome luego por la calle de las Hermas, me hizo entrar en la palestra de Táureas, situada enfrente del pórtico real.

Ejercítanse los niños en los gimnasios y los atletas de profesión en las palestras. La lucha, el salto, la palanca, todos los ejercicios del Liceo se renovaron a nuestra vista en aquel recinto bajo formas más variadas, con más fuerza y destreza por parte de los actores. Entre los diversos grupos que formaban, se distinguían algunos hombres muy bellos y dignos de servir de modelo a los artistas.

El régimen de estos atletas es proporcionado a sus respectivos destinos. Muchos de ellos se abstienen de las mujeres y del vino, y los hay que observan una vida muy frugal; pero aquellos que se sujetan a pruebas difíciles y laboriosas necesitan para reponerse una gran cantidad de comidas sustanciosas, como son carne asada de vaca y de puerco.

Se citan muchos que hacían un consumo espantoso; cuentan que Teágenes de Tasos se comía en un día un buey entero. El mismo hecho se atribuye a Milón de Crotona, cuya comida ordinaria era veinte minas de pan[3] y tres congios de vino;[4] añaden en fin que Astidamas de Mileto, encontrándose en la mesa del sátrapa Ariobarzanes, devoró él solo la cena que se había preparado para nueve convidados.

[3] Cerca de 18 libras.

[4] Cerca de 7 azumbres.

Cuando estos atletas pueden satisfacer su voracidad sin riesgo, adquieren un vigor extremado, su estatura suele llegar a ser gigantesca, y sus adversarios, aterrorizados, o huyen de la lid o sucumben bajo el peso de aquellas masas enormes. El exceso de alimento les fatiga de tal manera, que se ven obligados a pasar durmiendo profundamente una parte de su vida. Luego adquieren una grosura que desfigura sus facciones, y de ello les sobrevienen unas enfermedades que les hacen tan infelices cuanto inútiles han sido siempre a su patria. Estos luchadores de profesión son malos soldados, porque no pueden sufrir el hambre ni la sed, las vigilias ni la más leve incomodidad.

Al salir de la palestra supimos que Telaira, mujer de Pirro, pariente y amigo de Apolodoro, acababa de ser acometida de un accidente que arriesgaba su vida. Fuimos allá inmediatamente, y hallamos que los parientes rodeaban la cama y hacían súplicas a Hermes, conductor de las almas, y el desgraciado esposo recibía las tiernas y últimas despedidas de la moribunda. Cuando esta exhaló el último suspiro, resonaron por toda la casa los gritos y sollozos de dolor. El cuerpo fue lavado, perfumado y vestido de una ropa preciosa; pusiéronle un velo en la cabeza y una corona de flores; en las manos una torta de harina y miel para apaciguar al Cerbero, y en la boca una moneda de plata de uno o dos óbolos para pagar a Caronte. En esta disposición estuvo de cuerpo presente un día entero en el portal de la casa, rodeada de cirios encendidos, y en la puerta había un vaso de agua lustral, que sirve para purificar los que han tocado un cadáver.

El acompañamiento estaba citado para el siguiente día antes de salir el sol, y habiendo concurrido los parientes y amigos, pusieron el cuerpo sobre un carro en un féretro de ciprés. Los hombres iban delante y las mujeres detrás, todos con la vista hacia el suelo, vestidos de luto y precedidos de un coro de músicos que entonaban cantos fúnebres. Llegamos a una casa de Pirro cerca de Falero, donde estaban los sepulcros de sus padres; allí pusieron el cadáver de Telaira en una hoguera y habiéndole consumido el fuego, los más cercanos parientes recogieron las cenizas, que metidas en una urna fueron sepultadas.

Concluida esta ceremonia, nos llamaron al convite fúnebre y durante él solo se habló de las virtudes de Telaira. A los nueve y a los treinta días sus parientes vestidos de blanco y coronados de flores, se reunieron otra vez para tributar nuevos honores a sus manes, y determinaron que todos los años en el día de su nacimiento renovarían la memoria de su pérdida, como si acabase de ocurrir. Este juramento tan laudable se suele perpetuar muchas veces en una familia, en una compañía de amigos y entre los discípulos de un filósofo.