El templo de Atenea, el de Teseo y aun algunos otros son verdaderamente el triunfo de la arquitectura y de la escultura. Observad otros muchos edificios a los lados y en las cercanías de la ciudadela. Tales son entre ellos el Odeón y el templo de Zeus olímpico. El primero es aquella especie de teatro que Pericles hizo edificar para los certámenes de música, y en el cual los seis últimos arcontes celebran alguna vez sus sesiones.
Después de correr apresurados por lo interior de la ciudad, vamos a echar una ojeada por lo exterior. Al levante está el monte Himeto, que las abejas enriquecen con su miel, la cual exhala el perfume del romero: en torno de los muros serpentea el Iliso que corre por la falda del monte; y encima de este se ven los gimnasios del Cinosargo y del Liceo. Hacia el norte se descubre la Academia y algo más lejos una colina llamada Colono, donde Sófocles ha establecido la escena del Edipo que tiene el mismo nombre. El Cefiso, después de fertilizar con sus aguas este país, viene a mezclarlas con las del Iliso, que se agota algunas veces cuando los grandes calores. La vista se recrea a su placer por las hermosas casas de campo, que se ven por doquiera que se mire.
CAPÍTULO XIII.
Batalla de Mantinea. — Muerte de Epaminondas.
(Año 362 antes de J. C.) Tocaba ya la Grecia en el momento de una revolución. Epaminondas estaba al frente de un ejército, y su victoria o su derrota iba a decidir, en fin, si habían de ser los tebanos o los lacedemonios quienes diesen leyes a los demás pueblos.
Partió una tarde de Tegea, en Arcadia, para sorprender a Lacedemonia. Esta ciudad, enteramente abierta, solamente tenía entonces para su defensa niños y ancianos. Una parte de las tropas se encontraba en Arcadia, y la otra volvía a su país capitaneada por Agesilao. Llegan los tebanos al amanecer, y ven inmediatamente a Agesilao pronto a recibirlos. Avisado este por un desertor de la marcha de Epaminondas, había vuelto atrás aceleradamente y sus soldados ocupaban ya los puestos más importantes. El general tebano, sorprendido pero no desalentado, dispone varios ataques, y había ya penetrado hasta la plaza pública, haciéndose dueño de una parte de la ciudad, cuando Agesilao, no escuchando más que su desesperación y, aunque de edad de cerca de ochenta años, se arroja en medio del peligro y, ayudado por el valiente Arquidamo, su hijo, rechaza al enemigo y le obliga a retirarse. Isadas dio en estas circunstancias un ejemplo que excitó la admiración y la severidad de los magistrados. Este espartano que apenas había salido de la infancia, tan hermoso como el amor y tan valiente como Aquiles, no teniendo más armas que la pica y la espada, se mete impetuosamente por entre los batallones lacedemonios y acometiendo a los tebanos derriba a sus pies todo cuanto se opone a su furor. Los éforos le concedieron una corona para premiar su valor, y al mismo tiempo le impusieron una multa porque había peleado sin coraza y sin escudo.
Retirose Epaminondas sin que le siguiese el enemigo, y a fin de reparar la mengua de su retirada con una victoria, marchó a la Arcadia, donde se habían reunido las principales fuerzas de la Grecia. Avistáronse luego los dos ejércitos: el de los lacedemonios y sus aliados constaba de más de veinte mil infantes y cerca de dos mil caballos, y el de la liga tebana de treinta mil infantes y cerca de tres mil caballos.
Epaminondas observó en su orden de batalla los principios que le hicieron ganar la victoria de Leuctra. Una de sus alas, formada en columna, cayó sobre la falange de los lacedemonios, a la cual jamás hubiera forzado si él en persona no hubiese acudido a fortificar sus tropas con su ejemplo y un cuerpo de tropas escogidas. Los enemigos, sobrecogidos de espanto al acercarse, se desordenan y huyen; los persigue con un furor que no puede contener, y se halla cercado de un cuerpo de espartanos que disparan sobre él una nube de dardos. Después de haber luchado largo rato con la muerte y tendido en tierra una multitud de guerreros, cae traspasado de un venablo cuyo acero se le queda clavado en el pecho. El honor de recoger su cuerpo empeñó una acción tan reñida y sangrienta como la primera, y sus dignos compañeros redoblando sus esfuerzos tuvieron el triste consuelo de llevarle a su tienda. Su herida contuvo la carnicería en la otra ala, donde combatían con una alternativa de triunfo y de pérdida, y dando en fin la señal de retirada por una y otra parte, levantaron un trofeo en el campo de batalla.
Aún respiraba Epaminondas. Los cirujanos declararon que expiraría al punto que le sacasen el acero de la herida. Temió que su escudo hubiese caído en manos del enemigo; mostrarónselo, y lo besó como el instrumento de su gloria. Manifestose inquieto por el éxito de la batalla; dijéronle que los tebanos la habían ganado, y contestó sereno: «Estoy contento; ya he vivido bastante». Preguntó seguidamente por dos generales a quienes juzgaba dignos de reemplazarle, y habiéndole dicho que habían muerto: «persuadid pues a los tebanos», añadió, «a que hagan la paz». Apenas hubo pronunciado estas palabras mandó que le arrancasen el acero, y habiendo exclamado uno de sus amigos, a quien dominaba la pena: «¡Conque mueres, Epaminondas! ¡Ah, si a lo menos dejases hijos!». «Dejo», respondió expirando, «dos hijas inmortales: la victoria de Leuctra y la de Mantinea».
Su muerte fue precedida de la de mi amigo Timágenes, que había desaparecido de repente ocho días antes de la batalla, habiendo dejado una carta sobre la mesa a su sobrina Epicaris, y en ella nos decía que iba a reunirse con Epaminondas. Mi corazón se despedazó al leer esta carta y quise partir al instante; pero Apolodoro, a cuyo ruego fui considerado como ateniense, me hizo presente que no podía tomar las armas contra mi nueva patria. Esta consideración me detuvo y por ello no fui testigo de las proezas de mi amigo ni morí con él.