Lavan al niño con agua tibia, según el dictamen de Hipócrates, y en seguida le acuestan en una de aquellas banastas de mimbre que usan para separar el grano de la paja, lo cual es el presagio de una grande opulencia o de una numerosa posteridad. Siendo muy famosas las nodrizas de Lacedemonia, Apolodoro hizo venir una de ellas y le confió la lactancia de su hijo. Al recibirle tuvo la precaución de no envolverle, antes bien para acostumbrarle al frío desde muy temprano, se contentó con ponerle unos pañales delgados.

Al quinto día le tomó en brazos una mujer y, acompañada de todas las personas de casa, le purificó, pasándole repetidas veces alrededor del fuego que ardía en un altar. Dos días después, habiendo reunido Apolodoro a sus parientes, los de su mujer y sus amigos, dio en su presencia el nombre de Lisis a su hijo porque así se llamaba su padre, atendiendo a que, según el uso, el primogénito de una familia conserva el nombre de su abuelo. Siguió a esta ceremonia un sacrificio y un convite, y algunos días después se hizo una ceremonia más santa, cual es la de la iniciación en los misterios de Eleusis. A los cuarenta días salió de casa Epicaris: esto fue motivo de una fiesta para la familia de Apolodoro, y ambos esposos, después de recibir segundas enhorabuenas de todos sus amigos, se dedicaron con mayor celo a la educación del hijo. Deidamía, que así se llamaba la nodriza, escuchaba sus consejos y ella misma los ilustraba con su experiencia. Desde que el niño pudo tenerse en pie, esta discreta aya le enseñó a andar, siempre atenta a sostenerle, y le daba instrumentos cuyo ruido podía distraerle y divertirle; pero no tardó mucho en dedicarse a otros deberes más importantes. Acostumbró a su alumno a que no hiciese diferencia entre los alimentos que le presentaba, y jamás se valió de la fuerza y el miedo para acallar su llanto; pues le pareció más conveniente evitarlo al momento que conocía la causa, y dejar que se desahogase cuando no la conocía. Así es que dejó de derramar lágrimas desde que pudo manifestar con ademanes sus necesidades o sus deseos. Atenta particularmente a las primeras impresiones que podía recibir el infante, apartaba todo objeto de terror en lugar de hacerle miedo, amenazarle o darle golpes.

Lisis era sano y robusto. No se le trataba ni con aquel exceso de indulgencia que hace a los niños indóciles, impacientes e inaguantables, ni con un extremo de severidad que los hace tímidos y los envilece. Oponíanse a sus gustos sin recordarle su dependencia, y castigábanle sus faltas sin añadir el insulto a la corrección. Pero lo que Apolodoro encargaba particularmente era que se tuviese cuidado de que no tratase mucho con los criados de la casa, y así es que prohibió severamente a estos que diesen a su hijo la más leve idea del vicio, ya fuese con palabras o ya con su ejemplo.

Dedicó Apolodoro los cinco primeros años al desenvolvimiento y firmeza de su cuerpo, y a los seis le confió al cuidado de un conductor o pedagogo, el cual era un esclavo de confianza encargado de acompañarlo a todas partes y particularmente a casa de los maestros que le daban lección de los primeros elementos de las ciencias. Pero antes de confiarle al esclavo, determinó que fuese tenido por ciudadano, y al efecto se fue a una capilla que pertenecía a la curia de la tribu en que estaba comprendido, donde se hallaban reunidos muchos de sus parientes, los principales de aquella curia y de la clase particular de que era individuo. Presentoles su hijo con una oveja que se debía inmolar, y en tanto que la llama devoraba una parte de la víctima, se adelantó, y teniendo a Lisis de la mano puso a los dioses por testigos de que aquel niño había nacido de él y de una mujer ateniense, en legítimo matrimonio. Recogieron luego los votos, e inmediatamente fue inscrito el niño con el nombre de Lisis, hijo de Apolodoro, en el padrón de la curia.

Este acto, por el cual se comprende a un niño en tal tribu, tal curia, tal clase de la curia, es el único que atestigua la legitimidad de su nacimiento y le concede el derecho a la sucesión de sus padres.

Para ser la educación conforme al espíritu del gobierno, debe imprimir en el corazón de los jóvenes los mismos sentimientos y los mismos principios, y de aquí es que los antiguos legisladores los sujetaron a una institución común. La mayor parte se educan hoy día en el seno de su familia, circunstancia que choca abiertamente contra el espíritu del gobierno; pero Apolodoro, que no quiso apartarse del antiguo sistema, enviaba lodos los días su hijo a las escuelas públicas.

Entre los institutores a quienes se confía la juventud ateniense, suelen encontrarse hombres de mérito sobresaliente. Tal fue en otro tiempo Damón, que dio lecciones de música a Sócrates y de política a Pericles: en mi tiempo Filótimo, que había concurrido a la escuela de Platón y juntaba al conocimiento de las artes las luces de una sana filosofía. Apolodoro, que le amaba mucho, había conseguido que fuese como un consultor acerca del modo de educar a su hijo. El curso de los estudios comprende la música y la gimnástica; es decir, todo lo relativo a las ciencias del entendimiento y a las del cuerpo. En esta división, la voz música está tomada bajo un sentido muy extenso. Conocer la forma y valor de las letras, trazarlas con elegancia y facilidad, dar a las sílabas el movimiento y la entonación que les conviene, tales fueron los primeros estudios del joven Lisis. Se le recomendaba que observase exactamente la puntuación mientras se le pudiesen dar reglas para ello. Leía repetidas veces las fábulas de Esopo, y en muchas ocasiones recitaba los versos que sabía de memoria. En efecto, para ejercitar la memoria de sus discípulos, los profesores de gramática les hacen aprender fragmentos sacados de Homero, de Hesíodo y de los poetas líricos, y con este fin se han formado para su uso una recolección de piezas escogidas, cuya moral es la más pura. Una de estas recolecciones puso en manos de Lisis su maestro, y después le dio una noticia de las tropas que se hallaron en el sitio de Troya, según la relación que hace la Ilíada. Algunos legisladores han decretado que en las escuelas se acostumbrase a los niños a recitarla, porque contiene los nombres de las ciudades y de las casas más antiguas de la Grecia.

Atendiendo a que la gramática, con respecto a los sonidos que causan las letras, según lo más o menos juntas que están, tiene alguna relación con la música, el mismo institutor está por lo regular encargado de enseñar a sus discípulos los elementos de una y otra. Presencié algunas veces las lecciones que Filótimo daba a Lisis, y vi como este aprendía a cantar con gusto acompañándose con la lira. Nunca le dieron instrumentos de aquellos que agitan el alma con violencia o que solo sirven para afeminarla, y de aquí es que no le permitieron tocar la flauta, porque esta excita y calma alternativamente las pasiones. Salí de Atenas para Egipto, pero antes de emprender el viaje, rogué a Filótimo que me dijese por escrito los trámites y progresos de este método de educación, y según su diario voy a continuar la historia.

Tuvo Lisis en adelante diferentes maestros según el estudio que seguía; aprendió la aritmética jugando con ella, porque el medio más acertado para facilitar el estudio a los niños es el de acostumbrarlos ya a repartir entre ellos, según su número, una cierta porción de manzanas y algunas coronas, ya a mezclarse en sus ejercicios, según las combinaciones hechas, de manera que el niño ocupa cada puesto a su vez. Apolodoro apreciaba la aritmética, porque entre otras ventajas que lleva consigo, aumenta la sagacidad del ingenio y le predispone para el conocimiento de la geometría y la astronomía. Tomó Lisis una tintura de estas dos ciencias, porque con el conocimiento de la primera, viéndose un día al frente de los ejércitos, podría con más facilidad sentar un campamento, estrechar un sitio, formar los ejércitos en batalla y hacerles mover rápidamente en una marcha o en una acción. La segunda podía preservarle de los espantos que no hace mucho tiempo inspiraban a los soldados los eclipses y los fenómenos extraordinarios.

Nuestro joven alumno aprendía al mismo tiempo a atravesar los ríos a nado y a domar un caballo. La danza medía sus pasos y daba gracia a todos sus movimientos, e iba frecuentemente al gimnasio. Los niños empiezan sus ejercicios muy temprano, algunos a la edad de siete años y continúan en ellos hasta la de veinte. Primeramente se les acostumbra a tolerar el frío, el calor, todas las intemperies de las cuatro estaciones, y en seguida a jugar a las bochas y a la pelota. Este juego y otros semejantes son el preludio de las pruebas laboriosas que se les hace sufrir a medida que aumentan sus fuerzas. Corren por los arenales, lanzan venablos, saltan un foso o una valla llevando en las manos unas barras de plomo, tirando a lo alto o a lo largo tejos de piedra o de bronce, y a veces atraviesan corriendo el estadio cargados de armas pesadas; pero en lo que más se ejercitan es en la lucha, el pugilato y las diferentes contiendas que describiré cuando hable de los juegos olímpicos.