Por la tarde, cuando Lisis se volvía a su casa, unas veces se divertía en cantar acompañándose con la lira, otras se entretenía dibujando, y muchas de ellas leía en presencia de sus padres algún libro que pudiera instruirle o divertirle. Preguntó un día cómo se juzgaba del mérito de un libro, y Aristóteles, que se encontró presente, respondió: «Si el autor dice todo lo que es necesario; si no dice más que lo necesario; si lo dice como es necesario». Educábanle sus padres con aquella urbanidad doble, de que ellos eran modelos. Deseo de agradar, docilidad en el trato social, consecuencia de carácter, ser atento con los de mayor edad cediéndoles el puesto, decencia en el porte y el talante, en el exterior, en las maneras, en las expresiones; todo estaba prescrito sin violencia y ejecutado sin esfuerzo.
En otro tiempo los sofistas iban en gran número a esta ciudad, e incitaban a los jóvenes atenienses a disertar superficialmente sobre todas materias. Aunque ha minorado su número, se ven no obstante algunos que, rodeados de sus discípulos, atruenan con sus exclamaciones y sus disputas las salas del gimnasio. Lisis asistía pocas veces a estas contiendas, porque unos institutores más ilustrados le daban lecciones, y talentos del primer orden sabios consejos: de estos últimos era Platón, Isócrates y Aristóteles, todos tres amigos de Apolodoro.
La lógica dio nuevas fuerzas y la retórica nuevos encantos a su razón. La historia de la Grecia lo iluminó acerca de las faltas y las preocupaciones de los pueblos que la habitan. Siguió el foro mientras pudo, a ejemplo de Temístocles y otros grandes hombres, defendiendo allí la causa de la inocencia. El estudio de la moral no le costó ninguna lágrima porque su padre le había puesto al lado de personas que le instruían con su conducta y no con demostraciones importunas. En su infancia le reprendía sus faltas con dulzura, y cuando empezó a tener uso de razón le hacía entrever que eran contrarias a sus mismos intereses. Le era difícil acertar en la elección de libros que tratan de la moral, porque la mayor parte de sus autores o son poco seguros en sus principios, o solo nos dan falsas ideas de lo que son nuestros deberes. En las conversaciones que se tenían en presencia de Lisis, Isócrates lisonjeaba su oído, Aristóteles iluminaba su mente, y Platón inflamaba su alma. Este último unas veces le explicaba la doctrina de Sócrates y otras le desenvolvía el plan de la república: en algunas ocasiones le hacía conocer que no existe verdadera elevación ni perfecta independencia sino en un alma virtuosa. Las más veces les mostraba circunstanciadamente que la ciencia consiste en la ciencia del sumo bien, que es Dios. De este modo mientras que otros filósofos solo daban por recompensa a la virtud la estimación pública y la felicidad pasajera de esta vida, Platón le ofrecía un apoyo y un premio más noble.
«La virtud», decía, «es hija de Dios: únicamente podréis adquirirla conociéndoos a vos mismo, consiguiendo la sabiduría y prefiriéndoos a lo que os pertenece. Seguidme, Lisis: vuestro cuerpo, vuestras riquezas son vuestras, pero no son vos mismo. El hombre está todo entero en su alma. Para saber lo que es y lo que debe hacer, es menester que se mire en su inteligencia, en aquella parte del alma donde brilla la sabiduría divina; luz pura que conducirá insensiblemente su alma al manantial de donde emana. Cuando haya llegado a conseguirlo, cuando haya contemplado aquel ejemplar eterno de todas las perfecciones, entonces conocerá que es de su mayor interés el representárselas a sí mismo, y hacerse semejante a la divinidad, a lo menos tanto como es posible el semejar tan débil copia a un modelo tan hermoso. Dios es la justa medida de cada cosa, y nada hay bueno ni estimable en el mundo sino aquella que tiene alguna conformidad con él. Es soberanamente sabio, santo y justo, y el único medio de agradarle es el llenarse de sabiduría, de justicia y santidad.
»Llamado a tan alto destino, colocaos en la clase de aquellos que, como dicen los sabios, unen por sus virtudes los cielos con la tierra, los dioses con los hombres. Ofrezca pues vuestra vida el sistema más feliz para vos y el espectáculo más bello para los otros, cual es el de un alma en que todas las virtudes están en perfecta armonía. Varias veces os he hablado de las consecuencias que tienen estas verdades, íntimamente unidas, si me atrevo a decirlo así, por relaciones de hierro y de diamante; pero, antes de acabar, debo recordaros que el vicio, además de envilecer nuestra alma, experimenta temprano o tarde el suplicio que merece. Dios, como se ha dicho antes de nosotros, recorre el universo teniendo en su mano el principio, el medio y el fin de todos los seres. La justicia sigue sus pasos pronta a castigar los ultrajes hechos a la ley divina. El hombre humilde y modesto encuentra su dicha en seguirla; el vano se aleja de ella y Dios le abandona a sus pasiones. Por algún tiempo parece ser alguna cosa a los ojos del vulgo, pero en breve cae sobre él la divina venganza, y si le perdona en este mundo, le persigue con furor en el otro. No es pues en medio de los honores ni en la opinión de los hombres donde debemos tratar de distinguirnos, y sí ante aquel tribunal terrible que nos ha de juzgar severamente después de nuestra muerte.»
Tenía Lisis diecisiete años: su alma estaba llena de pasiones y su imaginación era viva y despejada. Explicábase con tanta gracia como soltura: sus amigos no cesaban de ensalzar estas prendas, y tanto con sus ejemplos como con sus chistes, la violencia con que había vivido hasta entonces; pero Filótimo le dijo un día: «Los niños y los jóvenes estaban más sujetos en otro tiempo que lo están hoy día. Solo usaban vestidos ligeros para preservarse del rigor de las estaciones y saciaban el hambre con alimentos los más comunes. En las calles, en casa de sus maestros y de sus padres y parientes, se presentaban con la vista baja y con una postura modesta. No se atrevían a desplegar los labios en presencia de las personas de mayor edad, y se les acostumbraba de tal modo a la decencia que estando sentados se hubieran avergonzado de cruzar las piernas». «¿Y que resultaba de esta rudeza de costumbres?», preguntó Lisis. «Aquellos hombres rudos», respondió Filótimo, «derrotaron a los persas y salvaron a la Grecia». «También los derrotaríamos nosotros». «Lo dudo: cuando en las fiestas de Atenea veo a nuestra juventud que apenas puede sostener el escudo, al mismo tiempo que mide los pasos de danzas groseras con tanta afeminación y elegancia.»
Los triunfos de los oradores públicos excitaban la ambición de Lisis. Por casualidad oyó en el Liceo a algunos sofistas disertar largamente sobre política y creyose en estado de ilustrar a los atenienses. Reprobaba con calor la administración presente, y esperaba con igual impaciencia que la mayor parte de los de su edad el momento en que le fuese permitido subir a la tribuna; pero su padre le desvaneció esta ilusión, así como Sócrates destruyó la del joven hermano de Platón.
Quedose Lisis pasmado al ver la extensión de conocimientos que eran necesarios al hombre de estado, cuyos pormenores le manifestaron. Aristóteles le instruyó de la naturaleza de las diferentes especies de gobierno, cuya idea habían concebido los legisladores; su padre, de la legislación, de las fuerzas y del comercio, tanto de su nación como de los otros pueblos; en seguida se decidió que, después de perfeccionada su educación, viajaría por todos aquellos que tenían algunas relaciones de interés con los atenienses.
Yo llegué entonces de Persia y encontré a Lisis en la edad de dieciocho años, que es cuando los hijos de los atenienses pasan a la clase de los efebos y son alistados en la milicia. Condujeron pues a Lisis a la capilla de Agraula y allí, ante los altares, hizo el juramento solemne de no deshonrar las armas de la república, de no abandonar su puesto, de sacrificar su vida por la patria y de dejarla más floreciente que la había encontrado. No salió de Atenas en todo el año: velaba por la seguridad de la ciudad, hacía las guardias con puntualidad y se instruía en la disciplina militar. Satisfecho el pueblo de su conducta, a principios del año siguiente le entregó en la asamblea general el escudo y la lanza, partió sin detención y fue empleado sucesivamente en las plazas situadas sobre las fronteras del Ática. A su vuelta, habiendo llegado ya a la edad de veinte años, le faltaba un requisito formal cual era un acto que le pusiese en el goce de todos los derechos de ciudadano ateniense. Presentole pues su padre a la asamblea del distrito a que estaba agregada su familia, con cuyo acto había sido ya reconocido en la curia. Obtuvo Lisis los votos necesarios de aquella asamblea, quedó inscrito en el padrón, y desde aquel momento tuvo el derecho de asistir a las juntas, de aspirar a las magistraturas y de administrar sus bienes si llegaba a quedar sin padre. De vuelta a Atenas, pasamos segunda vez a la capilla de Agraula, donde Lisis, revestido de sus armas, renovó el juramento que había hecho ya dos años antes.