Tal fue la relación de Platón. Nos despedimos de él, y al siguiente día partimos para la Beocia.
CAPÍTULO XXXII.
Viaje a Beocia. — Caverna de Trofonio. — Hesíodo; Píndaro.
Se viaja con mucha seguridad por toda la Grecia, donde se hallan cómodas posadas en las principales ciudades y en los caminos reales, pero también extorsionan en ellas sin miramiento alguno. A causa de ser todo el país montuoso, no se hace uso de carruajes sino en cortas travesías, y aun en estas es preciso muchas veces echar el freno a las ruedas. Se prefiere para los viajes largos las mulas, y es necesario llevar consigo algunos esclavos para conducir el equipaje.
En las principales ciudades se encuentran próxenos encargados de acoger a los extranjeros. Llámanse así a unos particulares que tienen a veces relaciones de comercio o de hospitalidad con otras ciudades, o bien personas de un carácter público, reconocidos por agentes de una ciudad o nación, que por un decreto solemne los ha elegido con beneplácito del pueblo a que pertenecen; en fin, los hay que son a un tiempo mismo agentes de negocios de una ciudad extranjera y de algunos de sus habitantes.
Salimos de Atenas en la primavera del año tercero de la olimpiada ciento cinco (año 357 antes de J. C.). Llegamos en la tarde del mismo día a Oropo por un camino bastante escabroso, aunque plantado en algunos parajes de muchos laureles. Esta ciudad situada en los confines de la Beocia y del Ática, está lejana del mar como unos veinte estadios (cerca de tres cuartos de legua). Inmediato a ella está el templo de Anfiarao, uno de los jefes de la guerra de Tebas, el cual ejercía allí las funciones de adivino, y por esto suponen que daba oráculos después de su muerte. A distancia de treinta estadios (cerca de una legua) se encuentra en una altura la ciudad de Tanagra, cuyas casas tienen bastante apariencia. La mayor parte están adornadas con pinturas encáusticas y vestíbulos. El territorio de esta ciudad, regado por un riachuelo llamado Termodonte, está cubierto de olivos y árboles de diferentes especies; produce poco trigo y el mejor vino de la Beocia. No hay paraje alguno en esta provincia donde los extranjeros tengan que temer menos extorsiones. Prefieren la agricultura a las demás artes, y creo que en esto consiste el secreto de sus virtudes.
Corina era natural de Tanagra, donde se dedicó a la poesía con aprovechamiento. Vimos su sepulcro en un lugar el más público de la ciudad y su retrato en el gimnasio. Cuando uno lee sus obras, pregunta por qué en los certámenes de poesía fueron tantas veces preferidas a las de Píndaro; pero al ver su retrato, se pregunta uno que por qué no lo fueron siempre.
Salimos de Tanagra y después de haber andado doscientos estadios (seis leguas y media) por un camino quebrado y pedregoso llegamos a Platea, ciudad en otro tiempo poderosa y hoy día sepultada en sus ruinas. Estaba situada al pie del monte Citerón, en aquella hermosa llanura que riega el Asopo y en la cual fue derrotado Mardonio a la cabeza de trescientos mil persas. Después de esta batalla se unieron los de Platea a los atenienses y se sacudieron el yugo de los tebanos, que se miraban como sus fundadores, y que desde este momento se convirtieron para ellos en enemigos implacables. Llegó su odio a tal extremo que, habiéndose juntado a los lacedemonios durante la guerra del Peloponeso, atacaron la ciudad de Platea y la destruyeron enteramente. Volviose a poblar poco después, pero, a causa de estar siempre en alianza con los atenienses, los tebanos volvieron a tomarla y la destruyeron otra vez, diecisiete años hace. Solo quedan de ella en el día los templos respetados por los vencedores, algunas casas y una gran hospedería para los que van a ofrecer sacrificios en aquellos lugares. Es un edificio que tiene doscientos pies de largo y otros tantos de ancho, con muchas habitaciones en el piso bajo y en el principal.
Vimos el templo de Atenea construido con los despojos arrebatados a los persas en Maratón, y adornado de muchísimas pinturas de excelentes maestros. La estatua de la diosa es obra de Fidias, de madera dorada, pero el rostro, las manos y los pies son de mármol. Pasamos después por el lugar de Leuctra y la ciudad de Tespias. Cerca del primero se dio algunos años antes aquella sangrienta batalla que derribó el poder de Lacedemonia. La segunda fue destruida, así como Platea, en las guerras últimas, y los tebanos solo respetaron los monumentos sagrados. Desde esta última ciudad fuimos a hacer noche en una aldea llamada Ascra, mansión tan incómoda que no se puede estar en verano ni en invierno; pero es la patria de Hesíodo.
Al día siguiente fuimos por un sendero estrecho al templo de las Musas; a la subida nos detuvimos en las márgenes de la fuente Aganipe, y después junto a la estatua de Lino, uno de los antiguos poetas de la Grecia, la cual está colocada en una gruta como en un pequeño templo. Penetrando luego en hermosas arboledas nos creímos transportados a la brillante corte de las Musas: allí es efectivamente donde su poder y su influencia se anuncian de un modo extraordinario por los monumentos que adornan aquellos parajes solitarios y parecen animarlos. Sus estatuas, trabajadas por diferentes artífices, se ofrecen a los ojos del espectador y le paran.