Más arriba del bosque corren entre márgenes floridas un riachuelo llamado el Permeso, la fuente Hipocrene y la de Narciso, donde suponen que expiró de amor aquel joven, obstinándose en contemplar su imagen en las aguas tranquilas de esta fuente. Nos hallábamos entonces sobre el Helicón, aquel monte famoso por la pureza del aire, la abundancia de las aguas, la fertilidad de los valles, la frescura de sus sombras y la belleza de los árboles antiguos que le cubren.
Las Musas reinan sobre el Helicón. Su historia no presenta más que tradiciones absurdas, pero sus nombres indican su origen. Los primeros poetas solamente reconocieron en un principio tres Musas, Meletea, Mnemea y Aedea, es decir: la meditación, la memoria y el canto. A medida que el arte de los versos hizo progresos, personificaron los caracteres y los efectos, y el número de las Musas aumentose. En seguida se les asociaron las gracias que deben hermosear la poesía y el amor que es muchas veces el objeto de ellas.
Estas ideas nacieron en un país bárbaro, en la Tracia, donde en medio de la ignorancia se dejaron ver de repente Orfeo, Lino y sus discípulos. Las Musas fueron honradas en los montes de la Piería, y extendieron desde allí sus conquistas sucesivamente sobre el Pindo, el Parnaso y el Helicón, y en todos los parajes donde los pintores de la naturaleza rodeados de las más risueñas imágenes experimentan el calor de su inspiración divina.
Salimos de aquellos sitios deliciosos, y fuimos a Lebadea, situada al pie de un monte. Esta ciudad presenta por todas partes monumentos de la magnificencia y del gusto de los habitantes, y nos paramos a verlos con placer; aún teníamos mayor deseo de ver la caverna de Trofonio, pero una indiscreción de Filotas nos impidió bajar a ella.
Una tarde que habíamos comido en casa de uno de los principales de la ciudad, recayó la conversación sobre las maravillas que se habían visto en aquella caverna misteriosa. Filotas alegó algunas dudas, y observó que estos hechos sorprendentes eran por lo común efectos naturales. «Yo estaba una vez», añadió, «en un templo; la estatua del dios parecía cubierta de sudor y el pueblo empezó a gritar: “prodigio, prodigio”; pero luego supe que aquella estatua era de una madera que tenía la propiedad de sudar por intervalos». Apenas pronunció estas palabras cuando vimos a uno de los convidados ponerse pálido y salirse de allí a pocos momentos: era este uno de los sacerdotes de Trofonio, y nos aconsejaron que no nos expusiésemos a la venganza metiéndonos en un subterráneo cuyas revueltas solo eran conocidas de aquellos ministros.
Algunos días después nos avisaron que iba a bajar un tebano a la caverna, y tomamos el camino del monte acompañados de unos amigos, y tras de una muchedumbre de habitantes de Lebadea. Llegamos en breve al templo de Trofonio situado en medio de un bosque. La estatua que le representa bajo la figura de Asclepio es obra de la mano de Praxíteles.
Era Trofonio un arquitecto que junto con su hermano Agamedo construyó el templo de Delfos. Hay variedad en los motivos que le atribuyen para haber merecido los honores divinos, como sucede con todos los objetos del culto de los griegos, cuyos orígenes no es posible aclarar, y por lo mismo inútil el discutirlos. El camino por donde se va de Lebadea a la caverna de Trofonio, está rodeado de templos y estatuas; la caverna, abierta un poco más arriba del bosque sagrado, ofrece primeramente a la vista una especie de vestíbulo rodeado de una balaustrada de mármol blanco, sobre la cual se levantan unos obeliscos de bronce. Desde allí se entra en una gruta abierta a pico, de ocho codos de alto y cuatro de largo. Allí se encuentra la boca de la caverna, a la cual se baja por una escala, y cuando se ha llegado a cierta profundidad solo se encuentra una abertura sumamente estrecha, por donde hay que meter los pies; y cuando con mucha pena se ha introducido el resto del cuerpo, se siente uno arrastrado con la rapidez de un torrente hasta el fondo del subterráneo. Si se trata de salir, es uno lanzado cabeza abajo con la misma velocidad y violencia. Hay que llevar unas composiciones de miel, y por no soltarlas se ve uno impedido de echar las manos a los resortes empleados para acelerar la bajada y la subida; mas para desvanecer todas sospechas de superchería, suponen los sacerdotes que la caverna está llena de serpientes, y que se libran de sus mordeduras echándoles tortas de miel.
Nadie puede penetrar en la caverna sino durante la noche y después de largas preparaciones. El tebano que fue a consultar al oráculo pasó antes algunos días en una capilla consagrada a la Fortuna y al buen Genio, usando de baños fríos, absteniéndose del vino y de todas las cosas vedadas por el ritual, y alimentándose de las víctimas que él mismo había ofrecido. A la entrada de la noche sacrificaron un carnero; y los adivinos, habiendo examinado las entrañas, declararon que Trofonio aceptaba el homenaje de Tersidas, que así se llamaba el tebano, y que respondería a sus preguntas. Lleváronle en seguida a las márgenes del arroyo de Hercina, donde dos mancebos de edad de trece años le frotaron con aceite e hicieron varias abluciones. De allí le condujeron a dos fuentes cercanas, una de las cuales se llama la fuente de Lete y la otra Mnemósine. La primera borra la memoria de lo pasado y la segunda graba en la imaginación lo que se ve o se oye en la caverna. Introdujéronle luego y le dejaron solo en una capilla, donde hay una estatua de Trofonio a la que Tersidas dirigió sus oraciones, y se fue hacia la caverna vestido de una ropa de lino. Le seguimos a la débil luz de las antorchas que le precedían en la gruta, y desapareció de nuestra vista.
En tanto que volvía estuvimos oyendo las conversaciones de los demás espectadores, entre los cuales había muchos que habían estado en la caverna. Los unos decían que nada habían visto, pero que el oráculo les había dado su respuesta de viva voz; otros al contrario nada habían oído, pero sí tenido apariciones capaces de ilustrar sus dudas.
Pasamos la noche y una parte del día siguiente oyendo las diferentes relaciones, que cotejadas nos fue fácil de ver que los ministros del templo se introducían en la caverna por caminos secretos y que juntaban la violencia a los prestigios para turbar la imaginación de los que iban a consultar el oráculo. Era ya mediodía; Tersidas no parecía y nosotros andábamos alrededor de la gruta. Al cabo de una hora observamos la gente en tumulto hacia la balaustrada, y habiendo acudido nosotros, vimos al tebano sostenido por los sacerdotes que lo sentaron en una silla llamada de Mnemósine, donde debía decir cuanto había visto y oído en el subterráneo. Estaba sobrecogido de espanto, con los ojos amortecidos, sin conocer a nadie. Después de haber recogido de su boca algunas palabras interrumpidas, que tomaron por la respuesta del oráculo, los que venían con él le llevaron al templo del buen Genio y de la Fortuna. Recobró allí poco a poco los sentidos, pero no le quedaron más que ideas confusas de su mansión en la caverna o más bien una impresión terrible del trastorno que había allí experimentado; pues no se consulta este oráculo impunemente, y la mayor parte de los que salen de la caverna conservan durante su vida tan profunda tristeza que no pueden dominarla, habiendo dado esto motivo a un proverbio, y así es que se dice de un hombre melancólico: «Viene de la caverna de Trofonio».