Algunos días después emprendimos la marcha hacia Tebas. Pasamos por Queronea, cuyos habitantes ofrecen sacrificios al cetro que Hefesto fabricó por orden de Zeus, y que Pélope pasó sucesivamente a manos de Atreo y de Agamenón. Desde Queronea fuimos a Tebas, cuya ciudad, una de las más considerables de la Grecia, está cercada de murallas y defendida por torreones. Se entra en ella por siete puertas, y su recinto es de cuarenta y tres estadios (una legua y 1686 pasos). La ciudadela está situada en una eminencia, donde se establecieron los primeros habitantes de Tebas. Entre las magnificencias que decoran los edificios públicos se ven estatuas de la mayor belleza. Admiré en el templo de Heracles la figura colosal de este héroe hecha por Alcámenes, y sus trabajos, obras de Praxíteles; en el de Apolo Ismenio, el Hermes de Fidias, la Atenea de Escopas, y entre muchos trípodes de bronce de excelente trabajo, uno todo de oro que fue regalado por Creso, rey de Lidia.
Hay aquí, como en las demás ciudades de la Grecia, un teatro, un gimnasio o lugar de ejercicio para la juventud, y una espaciosa plaza pública. La ciudad está muy poblada; sus habitantes están, como los de Atenas, divididos en tres clases, cuales son: los ciudadanos, los extranjeros domiciliados y los esclavos. Tebas es no solo el baluarte de la Beocia sino también la capital de ella. Está a la cabeza de una grande confederación compuesta de las principales ciudades de la Beocia, y que puede poner en campaña más de veinte mil hombres. Esta potencia es tanto más temible cuanto los beocios son en general bravos, aguerridos y orgullosos por las victorias que han ganado bajo el mando de Epaminondas; tienen fuerza corporal extraordinaria y la aumentan sin cesar con los ejercicios del gimnasio.
El aire es muy puro en el Ática, y muy denso en la Beocia, aunque este último país solo está separado del primero por el monte Citerón. Esta diferencia parece que es causa de otra semejante que se nota en los genios, y confirma las observaciones de los filósofos sobre la influencia del clima, pues los beocios no tienen aquella penetración, ni aquella vivacidad que caracterizan a los atenienses; pero quizás es menester atribuirlo aún más a la educación que a la naturaleza. Si parecen pesados y estúpidos, es porque son ignorantes y groseros. Ocúpanse en los ejercicios corporales más que en cultivar el entendimiento, y de aquí es que no tienen ni las gracias de la elocución, ni las luces que se adquieren con el trato de las letras, ni tampoco las exterioridades seductoras que vienen más del arte que de la naturaleza. Sin embargo, no debe creerse que la Beocia haya sido estéril en hombres de talento, pues muchos tebanos han hecho honor a la escuela de Sócrates. Epaminondas no se distinguía menos por sus conocimientos que por sus talentos militares. En Beocia nacieron Hesíodo, Corina y Píndaro.
Hesíodo ha dejado un nombre célebre y obras muy estimadas, excediendo en un género de poesía que pide poca elevación; Píndaro en aquel que más exige. Este último floreció en tiempo de la expedición de Jerjes, y vivió unos sesenta y cinco años. Tomó varias lecciones de poesía, de diferentes maestros y en particular de Mirtis, mujer distinguida por sus talentos, más célebre todavía por haber contado entre sus discípulos a Píndaro y a la bella Corina, cuyos dos discípulos vivieron unidos, a lo menos en el amor a las artes. Ejercitose Píndaro en todos los géneros de poesía, y debió principalmente su reputación a los himnos que le pidieron ya para honrar las fiestas de los dioses, ya para ensalzar el triunfo de los vencedores en los juegos públicos de la Grecia. Su genio vigoroso e independiente solo se manifiesta con movimientos irregulares, altivos e impetuosos. Si los dioses son objeto de su canto, se eleva como un águila hasta los pies de sus tronos, y si son los hombres, se arroja a la lid cual un fogoso caballo. En los cielos, por la tierra, hace correr, digámoslo así, un torrente de imágenes sublimes, de metáforas atrevidas, de pensamientos fuertes y de máximas luminosas.
Las victorias que los griegos acababan de conseguir sobre los persas les convencieron de que nada exalta más las almas que los testimonios brillantes de la estimación pública. Aprovechándose Píndaro de las circunstancias, acumulando las expresiones más enérgicas y las figuras más brillantes, parecía que tomaban su voz del trueno para decir a los estados de la Grecia: «No dejéis extinguir el fuego divino que abrasa vuestros corazones; excitad toda especie de emulación; honrad toda clase de mérito; y no atendáis más que los actos de valor y de grandeza de aquel que solo vive para la gloria». A los griegos reunidos en los campos de Olimpia: «Mirad», les decía, «esos atletas que para alcanzar a vuestra presencia algunas hojas de olivo, se han sujetado a tan duro trabajo. ¿Qué no haréis, pues, cuando se trate de vengar a la patria?».
A pesar de la profundidad de estos pensamientos y el desorden aparente de su estilo, los versos de este gran poeta se llevan siempre los votos y la aprobación del público. La multitud los admira sin entenderlos, porque le basta para esto que pasen rápidamente las imágenes por delante de los ojos; pero los jueces ilustrados colocarán siempre al autor en el primer lugar de los poetas líricos, y ya los filósofos citan sus máximas y respetan su autoridad. Píndaro vivió en el seno del reposo y de la gloria; aunque es verdad que los tebanos le impusieron una multa por haber elogiado a los atenienses, sus enemigos, y que en los certámenes las composiciones de Corina fueron preferidas a las suyas por cinco veces; a estas tempestades pasajeras sucedieron muy en breve los días serenos. Los atenienses y todas las naciones de la Grecia le colmaron de honores, y la misma Corina hizo justicia a la superioridad de su ingenio. En Delfos, cuando se celebraban los juegos píticos, precisado a ceder a los deseos e instancias de un inmenso concurso, se colocaba coronado de laureles en un asiento elevado y tomando su lira hacia oír aquellos sones encantadores que excitaban por todas partes voces de admiración, y que eran el más bello ornato de las fiestas. Cuando concluían los sacrificios, el sacerdote de Apolo le convidaba con toda solemnidad al banquete sagrado, atendiendo a que el oráculo había mandado que se le reservase una porción de primicias que le ofrecían en el templo.
Los tebanos son valerosos, insolentes, audaces y vanos; pasan rápidamente de la cólera al insulto, y del desprecio de las leyes al olvido de la humanidad. El menor interés es motivo entre ellos para cometer injusticias manifiestas, y el más leve pretexto para un asesinato. En vano se buscaría el distintivo de este carácter en un cuerpo de jóvenes guerreros, llamado el Batallón sagrado, el cual consta de trescientos individuos, todos educados y mantenidos en comunidad en la ciudadela, a expensas del público. Los ecos melodiosos de una flauta dirigen sus ejercicios y hasta sus diversiones; y a fin de evitar que su valor degenere en un furor ciego, les infunden en sus almas el sentimiento más noble y más vivo.
Cada uno de estos guerreros debe escoger en el cuerpo un amigo con quien viva siempre inseparable. Toda su ambición consiste en agradarle, merecer su estimación, participar de sus placeres y sus penas en el discurso de la vida, y sus trabajos y peligros en la guerra. Si fuese capaz de faltarse a sí mismo, jamás faltaría a un amigo, cuya censura es para él uno de los tormentos más crueles, y sus elogios las más dulces delicias. Esta unión, casi sobrenatural, hace preferir la muerte a la infamia, y el amor a la gloria a todos los demás intereses. En lo fuerte de la pelea fue derribado y quedó tendido boca abajo uno de estos guerreros, y viendo a un soldado enemigo que le iba a meter la espada por los riñones: «Espera», le dijo incorporándose, «y traspasa con este acero mi pecho, pues mi amigo se avergonzaría si llegase a sospechar que he recibido la muerte huyendo».
En otro tiempo formaban estos guerreros en pelotones, al frente de las diferentes divisiones del ejército. Pelópidas, que tuvo muchas veces el honor de mandarlos, habiéndoles hecho pelear en cuerpo, los tebanos les debieron casi todas las ventajas que lograron contra los lacedemonios. Filipo destruyó en los campos de Queronea esta cohorte, hasta entonces invencible, y el mismo príncipe, viendo aquellos jóvenes tebanos tendidos en el campo de batalla, llenos de heridas honrosas y abrazados unos con otros en el mismo puesto que habían ocupado, no pudo contener sus lágrimas, y dio un testimonio público de su valor y sus virtudes.
Saliendo de Tebas pasamos por cerca de un gran lago llamado Hílice, en el cual desaguan los ríos que riegan el territorio de esta ciudad, y de allí fuimos a las orillas de otro lago llamado Copaide, cuyo circuito es de trescientos ochenta estadios (más de 12 leguas y media). Como no tiene ni puede tener ninguna salida aparente, inundaría en breve la Beocia si la naturaleza o más bien la industria humana no hubiese abierto en los montes unos conductos ocultos para que salgan las aguas. Es muy verosímil que el diluvio, o más bien las avenidas que en tiempo de Ogiges inundaron la Beocia, no tuvo otro origen que el de haberse atrancado estos conductos subterráneos.